martes, 29 de julio de 2008

Crimen en Marte-Arthur C. Clarke




Crimen En Marte
Arthur C.Clarke








- En Marte hay poca delincuencia - observó el inspector Rawlings con tristeza -. En realidad, éste es el motivo principal de que regrese al Yard. De quedarme aquí más tiempo, perdería toda mi práctica.

Estábamos sentados en el salón del observatorio principal del espaciopuerto de Phobos, mirando las grietas resecas por el sol de la diminuta luna de Marte. El cohete transbordador que nos había traído desde Marte se había marchado diez minutos antes y ahora iniciaba la larga caída hacia el globo color ocre que colgaba entre las estrellas. Media hora más tarde, subiríamos a la nave espacial en dirección a la Tierra..., planeta en el que la mayoría de pasajeros nunca habían puesto los pies, si bien aún lo llamaban «su patria»
- Al mismo tiempo - continuó el inspector -, de vez en cuando se presenta un caso que presta interés a la vida. Usted, señor Maccar, es tratante en arte, y estoy seguro que habrá oído hablar de lo ocurrido en la Ciudad del Meridiano hace un par de meses.

- No creo - dijo el individuo regordete y de tez olivácea al que había tomado por otro turista de regreso.

Por lo visto, el inspector ya había examinado la lista de pasajeros; me pregunté qué sabría de mí y traté de tranquilizar mi conciencia, diciéndome que estaba razonablemente limpia. Al fin y al cabo, todo el mundo pasaba algo de contrabando por la aduana de Marte...
- La cosa se acalló - prosiguió el inspector -, pero hay asuntos que no pueden mantenerse en secreto largo tiempo. Bien, un ladrón de joyas de la Tierra intentó robar del Museo de Meridiano el mayor de los tesoros... la Diosa Sirena.

- ¡Eso es absurdo! - objeté -. Naturalmente, no tiene precio... pero no es más que un pedazo de roca arenisca. Lo mismo podrían querer robar La Mona Lisa.

- Eso ya ha ocurrido también - sonrió sin alegría el inspector -. Y tal vez el motivo fuese el mismo. Hay coleccionistas que pagarían una fortuna por tal objeto, aunque sólo fuese para contemplarlo en secreto. ¿No está de acuerdo, señor Maccar?
- Muy cierto - aseguró el experto en arte -. En mi profesión, hallamos a toda clase de chiflados.

- Bien, ese individuo, que se llama Danny Weaver, debía recibir una buena suma por el objeto. Y a no ser por una fantástica mala suerte, habría llevado a cabo el robo.

El sistema de altavoces del espaciopuerto dio toda clase de excusas por un leve retraso debido a la última comprobación del combustible, y pidió a varios pasajeros que se presentasen en información. Mientras esperábamos que callase la voz, recordé lo poco que sabía de la Diosa Sirena. Aunque no había visto el original, llevaba una copia, como la mayoría de turistas, en mi equipaje. El objeto llevaba el certificado del Departamento de Antigüedades de Marte garantizando que «se trata de una reproducción a tamaño natural de la llamada Diosa Sirena, descubierta en el mar Sirenium por la Tercera Expedición, en 2012 después de Cristo (23 D.M.)»
Era raro que un objeto tan pequeño causara tantas discusiones. Medía Poco más de veinte centímetros de altura, y nadie miraría el objeto dos veces de hallarse en un museo de la Tierra. Se trataba de la cabeza de una joven, de rasgos levemente orientales, con el cabello rizado en abundancia cerca del cráneo, los labios entreabiertos en una expresión de placer o sorpresa... y nada más.

Pero se trataba de un enigma tan misterioso que había inspirado un centenar de sectas religiosas, haciendo enloquecer a varios arqueólogos. Ya que una cabeza tan perfectamente humana no podía ser hallada en Marte, cuyos únicos seres inteligentes eran crustáceos... «langostas educadas», como los llamaban los periódicos. Los aborígenes marcianos nunca habían inventado el vuelo espacial, y su civilización desapareció antes de que el hombre apareciera sobre la Tierra.

Sin duda, la Diosa es ahora el misterio Número Uno del sistema solar. Supongo que la respuesta no la obtendrán durante mi existencia..., si llegan a obtenerla.
- El plan de Danny era sumamente simple - prosiguió el inspector -. Ya saben ustedes lo muertas que quedan las ciudades marcianas en domingo, cuando se cierra todo y los colonos se quedan en casa para ver la televisión de la Tierra. Danny confiaba en esto cuando se inscribió en el hotel de Meridiano Oeste, la tarde del viernes. Tenía el sábado para recorrer el museo, un domingo solitario para robar, y el lunes por la mañana sería otro de los turistas que saldrían de la ciudad...

»A primera hora del domingo cruzó el parque, pasando al Meridiano Este, donde se alza el museo. Por si no lo saben, la ciudad se llama del Meridiano porque está exactamente en el grado 180 de longitud; en el parque hay una gran losa con el Primer Meridiano grabado en ella, para que los visitantes puedan ser fotografiados de pie en los dos hemisferios a la vez. Es asombroso cómo estas niñerías divierten a la gente.

»Danny pasó el día recorriendo el museo como cualquier turista decidido a aprovecharse del valor de la entrada. Pero a la hora de cierre no se marchó, sino que se escondió en una de las galerías no abiertas al público, donde estaban disponiendo una reconstrucción del período del último canal, que por falta de dinero no habían terminado. Danny se quedó allí hasta medianoche, por si todavía había en el edificio algún investigador entusiasta. Luego abandonó el escondite y puso manos a la obra.
- Un momento - le interrumpí -. ¿Y el vigilante nocturno?

- ¡Mi querido amigo! En Marte no existen esos lujos. Ni siquiera hay señal de alarma en el museo porque, ¿quién quiere robar trozos de piedra? Cierto, la Diosa estaba encerrada en una vitrina de metal y cristal, por si algún cazador de recuerdos se entusiasmaba con ella. Pero aun en el caso de ser robada, el ladrón no podría ocultarla en ninguna parte, y, claro está, todo el tráfico de entrada y salida de Marte será registrado.
Esto era exacto. Yo había pensado en términos de la Tierra, olvidando que cada ciudad de Marte es un pequeño mundo cerrado por debajo del campo de fuerzas que la protege del casi vacío congelador. Más allá de las protecciones electrónicas existe sólo el vacío altamente hostil del exterior marciano, donde un hombre sin protección moriría en pocos segundos. Y esto facilita las leyes de seguridad.

- Danny poseía una serie de herramientas excelentes, tan especializadas como las de un relojero. La principal era una microsierra no mayor que un soldador, con una hoja sumamente delgada, impulsada a un millón de ciclos por segundo, gracias a un motor ultrasónico. Cortaba el cristal o el metal como mantequilla... y sólo dejaba el corte del espesor de un cabello. Lo importante para Danny era no dejar rastro de su labor.

»Ya habrán adivinado cómo pensaba operar. Cortaría la base de la vitrina y sustituiría el original por una de las copias de la Diosa. Tal vez transcurriesen un par de años antes de que un experto descubriera la verdad, y entonces el original ya estaría en la Tierra, disimulado como una copia, con un certificado de autenticidad. Listo, ¿eh?

»Debió ser algo espantoso trabajar en aquella galería a oscuras, con todos aquellos pedruscos de millones de años de antigüedad, todos aquellos inexplicables artefactos a su alrededor. En la Tierra, un museo ya es bastante siniestro de noche, pero... es humano. Y la Galería Tres, donde está la Diosa, resulta especialmente inquietante. Está llena de bajorrelieves con animales increíbles luchando entre sí; parecen avispas gigantes, y la mayoría de paleontólogos niegan que hayan existido alguna vez. Pero, imaginarios o no, pertenecieron a este mundo, y no trastornaron tanto a Danny como la Diosa, que le miraba a través de las edades, desafiándole a que explicara la presencia de ella allí. Y esto le daba escalofríos. ¿Cómo lo sé? El me lo confesó.
»Danny empezó a trabajar con la vitrina con el mismo cuidado con que un diamantista se dispone a cortar una gema. Tardó casi toda la noche en rajar la trampilla, y amanecía cuando descansó, guardándose la microsierra. Aún faltaba mucho que hacer, pero la parte más penosa había terminado. Colocar la copia en la vitrina, comprobar su aspecto con las fotos que llevaba consigo y ocultar todas las huellas le ocuparía gran parte del domingo, pero esto no lo inquietaba en absoluto. Le quedaban otras veinticuatro horas y recibiría con agrado la llegada de los primeros visitantes del lunes, momento en que podría mezclarse con ellos y salir de allí.

»Fue un tremendo golpe para su sistema nervioso, por tanto, cuando a las ocho y media abrieron las enormes puertas y el personal del museo, ocho en total, se dispusieron a iniciar el día de trabajo. Danny corrió hacia la salida de emergencia, abandonándolo todo: herramientas, la Diosa... todo.

»Y se llevó otra enorme sorpresa al verse en la calle; a aquella hora debía estar completamente desierta, con todo el mundo en casa leyendo los periódicos dominicales. Pero he aquí que los habitantes de Meridiano Este se encaminaban hacia las fábricas y oficinas, como en cualquier día normal de trabajo.
»Cuando el pobre Danny llegó al hotel ya le aguardábamos. No hacía falta ser un lince para comprender que sólo un visitante de la Tierra, y uno muy reciente había pasado por alto el hecho que constituye la fama de la Ciudad del Meridiano. Y supongo que ustedes ya lo habrán adivinado.
- Sinceramente, no - objeté -. No es posible visitar todo Marte en seis semanas, y nunca pasé del Syrtis Mayor.
- Pues es sumamente sencillo, aunque no podemos censurar excesivamente a Danny, puesto que incluso los habitantes del planeta caen ocasionalmente en la misma trampa. Es una cosa que no nos preocupa en la Tierra, donde hemos solucionado el problema con el océano Pacífico. Pero Marte, claro está, carece de mares; y esto significa que alguien se ve obligado a vivir en la Línea de Fecha Internacional...

»Danny planeó el robo desde Meridiano Oeste... Y allí era domingo, claro... y seguía siendo domingo cuando lo atrapamos en el hotel. Pero en el Meridiano Este, a menos de un kilómetro de distancia, sólo era sábado. ¡El pequeño cruce del parque era toda la diferencia! Repito que fue mala suerte.

Hubo un largo momento de silencio.

- ¿Cuánto le largaron? - inquirí al fin.
- Tres años - repuso el inspector.

- No es mucho.
- Años de Marte..., casi seis de los nuestros. Y una multa que, por exacta coincidencia, es exactamente el precio del billete de regreso a la Tierra. Naturalmente, no está en la cárcel... pues en Marte no pueden permitirse tales gastos. Danny tiene que trabajar para vivir, bajo una vigilancia discreta. Les dije que el museo no podía pagar a un vigilante nocturno, ¿verdad? Bien, ahora tiene uno. ¿Adivinan quién?
- ¡Todos los pasajeros dispónganse a subir a bordo dentro de diez minutos! ¡Por favor, recojan sus maletas! - ordenó el altavoz.

Cuando empezamos a avanzar hacia la puerta, me vi impulsado a formular otra pregunta:
- ¿Y la persona que contrató a Danny? Debía respaldarle mucho dinero. ¿Le atraparon?

- Aún no; la persona, o personas, han borrado las huellas completamente, y creo que Danny dijo la verdad al declarar que no podía darnos ninguna pista. Bien, ya no es mi caso. Como dije, regreso al Yard. Pero un policía siempre tiene los ojos bien abiertos... como un experto en arte, ¿eh, señor Maccar? Oh, parece haberse puesto un poco verde en torno a las branquias. Tómese una de sus tabletas contra el mareo espacial.
- No, gracias - repuso el señor Maccar -, estoy muy bien.
Su tono era desabrido; la temperatura social parecía haber descendido por debajo de cero en los últimos minutos. Miré al señor Maccar y al inspector. Y de pronto comprendí que la travesía sería muy interesante.



















































domingo, 27 de julio de 2008

Los Rolling y las chicas

Un par de videos de los Rolling Stones donde participan chicas famosas, que es lo de menos, y que están muy apetecibles, que es lo importante.

Anybody seen my baby- The Rolling Stones
Angelina Jolie. ( mamita)





Like a rolling stone-
Patricia Arquette (hermosa)



domingo, 29 de junio de 2008

jueves, 19 de junio de 2008

Sobrevivientes-Frederik Pohl

Sobrevivientes

Frederik Pohl

El mensaje comenzaba así:

«NO PODEMOS SABER CON CERTEZA SI USTEDES ESTÁN LO BASTANTE EVOLUCIONADOS COMO PARA ENTENDER SIQUIERA ESTA COMUNICACIÓN. EN DEFINITIVA, NO NOS ENTERAMOS DE SU EXISTENCIA HASTA DESPUÉS DE LA EXPLOSIÓN.»

El general entró a la sala de guerra y tiró su capote a un ordenanza. Las estrellas de sus hombreras tintinearon unas contra otras.

-¡Pero qué descaro! -murmuró-. ¿Quién se creen que son?

El oficial técnico de servicio levantó la vista de su computadora.

-Con el debido respeto, señor -dijo-, parece evidente que están más avanzados que nosotros.

-¿Más avanzados? Ah, puede ser que tengan mejores aparatos, si se refiere a eso. Bueno, está bien, siga descifrando.

-Sí, señor.

«NO ES IMPORTANTE QUE ENTIENDAN ESTE MENSAJE. DE TODOS MODOS LOS SALVAREMOS, CON LOS MISMOS MEDIOS QUE USAMOS PARA ATRAVESAR EL ESPACIO Y LLEGAR HASTA AQUÍ. NO TENGAN MIEDO.»

-¡Miedo! -bufó el general, escandalizado.

«EL TRASLADO SERÁ INSTANTÁNEO. NO HARÁ FALTA NINGUNA ACCIÓN DE PARTE DE USTEDES, Y NI SIQUIERA SE DARÁN CUENTA QUE OCURRE ALGO HASTA QUE LLEGUEN A NUESTRA NAVE.»

-¿Está seguro que esto no es una broma? -preguntó el general, no muy esperanzado.

-No creo que lo sea, señor. VIGÍA ESPACIAL informó hace once horas que había rastreado un objeto no identificado en órbita cislunar. El mensaje comenzó a llegar... el mismo mensaje, una y otra vez... desde más o menos... a ver -pulsó rápidamente las teclas de su calculadora de bolsillo- desde la una menos cuarto de esta mañana. En seguida lo llamamos a Washington, señor.

-Sé perfectamente que lo hicieron -ladró el general-. ¿Los rusos también están recibiendo esto?

El oficial técnico se entusiasmó.

-Creo que no, señor -contestó-. Nos pusimos a interferir en el acto. No creo que los rusos puedan discriminar las verdaderas señales sin esto -palmeó el teclado que conectaba la sala de guerra de Denver con las gigantescas computadoras centrales instaladas bajo las Rocosas de Colorado-. ¡Y sabemos que no tienen nada parecido!

-Mmmm -dijo el general, un poco más calmado-. ¿Dice algo más el mensaje?

-Oh, sí, señor. -El oficial técnico reinició la impresión del texto:

«TENGAN EN CUENTA QUE SÓLO A USTEDES PODEMOS SALVARLOS DE LOS EFECTOS DE LA EXPLOSIÓN DE LA ESTRELLA ALFA DEL CENTAURO. PUDIMOS LLEGAR HASTA SU SISTEMA MUY POCO ANTES QUE LA ONDA FRONTAL. NO PODEMOS RESCATAR A TIEMPO NI A SUS ANIMALES NI SUS OTRAS PERTENENCIAS.»

-Si dejan que los rusos se quemen -sonrió el general-, ¿qué importa si no salvan a los perros? Pero, ¿qué pasa con Alfa del Centauro? ¿Qué hay si explota?

-Bueno, señor -respondió el oficial técnico, vacilante-, no soy quien para afirmarlo, pero la gente del Consejo Nacional de Ciencias dice que, si eso es verdad, será una explosión tan enorme que podría llegar a quemarnos.

-¿Y eso cuando ocurrirá? -preguntó el general, inquieto.

-El mensaje del objeto en órbita cislunar decía: «CUANDO LES ALCANCE LA ONDA FRONTAL». Nuestra gente está trabajando en esto, señor, pero podría tratar de efectuar el cálculo ahora...

-¡Hágalo!

-Sí, señor -contestó el oficial técnico, y metió la mano en el bolsillo. La sacó sin calculadora-. ¿Qué raro? -dijo, mirando en derredor para ver dónde la había puesto. No tuvo éxito-. Bueno, general, lo haré en la computadora central...

Pero también había desaparecido el teclado de comunicación con el centro de computación. Y el videotransmisor. Y la impresora. Y cuando el oficial técnico, con una repentina sacudida de espanto, armó un enlace improvisado de circuito cerrado de TV con el centro de computación de las Rocosas, encontró que las enormes salas de roca estaban desiertas. No había cintas magnéticas, ni procesadores. No había nada que tuviese relación con computadoras, calculadoras, o cualquier otra forma de inteligencia artificial. Todo eso había desaparecido. Sólo quedaban los animales domésticos, palpándose las estrellas de sus uniformes, atontados, con los ojos clavados en sus monitores de comunicación... mientras afuera el cielo se encendía un poco más. Y seguía iluminándose con creciente intensidad.

jueves, 29 de mayo de 2008

El rey de las bestias-Philip José Farmer

El rey de las bestias

Philip José Farmer

The king of the beasts, © 1964 by Galaxy Publishing Corporation. Traducido por ? en nueva dimensión 51, Noviembre de 1973.

El biólogo estaba mostrándole al visitante el laboratorio y el zoo.

–Nuestro presupuesto –dijo–, es demasiado limitado para recrear todas las especies extintas conocidas. Así que devolvemos a la vida sólo los animales superiores, los más bellos que fueron cruelmente exterminados. Por así decirlo, estoy tratando de compensar la crueldad y la estupidez. Se podría decir que el hombre abofeteaba el rostro de Dios cada vez que aniquilaba una especie del reino animal.

Hizo una pausa, y miraron más allá de los fosos y los campos de fuerza. Los cervatillos brincaban y galopaban, mientras el Sol les iluminaba los flancos. La foca sacaba sus humorísticos bigotes del agua. El gorila atisbaba tras los bambúes. Las palomas mensajeras se atusaban las plumas. Un rinoceronte trotaba como un cómico acorazado. Una jirafa los miró con delicados ojos y luego volvió a comer hojas.

–Ahí está el dronte. No es hermoso, pero es muy raro, y totalmente inerme. Venga, le mostraré el proceso de recreación.

En el gran edificio pasaron junto a hileras de voluminosos y altos tanques. Podían ver claramente por las ventanas de sus flancos, y a través de la gelatina interior.

–Esos son embriones de elefantes africanos –dijo el biólogo–. Planeamos producir una gran manada y soltarla en la nueva reserva gubernamental.

–Casi se le puede ver irradiar felicidad –dijo el distinguido visitante–. Ama mucho a los animales, ¿no?

–Amo todo lo vivo.

–Dígame –dijo el visitante–, ¿de dónde obtiene los datos para la recreación?

–Principalmente de esqueletos y pieles que había en los antiguos museos. Y de libros y películas que hemos encontrado en excavaciones arqueológicas y que hemos logrado restaurar y luego traducir. ¡Ah!, ¿ve esos grandes huevos? En su interior están gestándose los polluelos del gran moa. Y casi a punto para ser sacados del tanque se hallan los cachorros de tigre. Cuando estén crecidos serán peligrosos, pero estarán confinados en la reserva.

El visitante se detuvo ante el último de los tanques.

–¿Sólo uno? –preguntó–. ¿Qué es?

–Pobrecillo –dijo el biólogo ahora triste–. ¡Estará tan solo! Pero yo le daré todo el cariño que pueda.

–¿Es tan peligroso? –preguntó el visitante–. ¿Peor que los elefantes, tigres, y osos?

–Tuve que conseguir un permiso especial antes de hacer crecer este –explicó el biólogo; su voz temblaba.

El visitante dio un paso hacia atrás asustado, apartándose del tanque. Y exclamó:

–Entonces, debe de ser... ¡Pero no, no se atrevería!

El biólogo asintió con la cabeza.

–Sí, es un hombre.

domingo, 25 de mayo de 2008

El cuervo-Edgar Allan Poe 2

Otra versión.

Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)
el cuervo


Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”
¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.
Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”
Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.
Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.
Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!
De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”
Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”
Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”
Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”
En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!
Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

El Cuervo-Edgar Allan Poe

Una versión de "El Cuervo"


El Cuervo


Cierta noche aciaga, cuando, con la mente


cansada,


meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral


y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,


como si alguien muy suavemente llamara a mi


portal.


"Es un visitante -me dije-, que está llamando al


portal;


sólo eso y nada más."


¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado


diciembre!


Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.


Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado


calma


en mis libros, ni consuelo a la perdida abismal


de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar


y aquí nadie nombrará.


Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas


me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto


era tal


que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:


"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;


un tardío visitante esperando en mi portal.


Sólo eso y nada más".


Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:


"Caballero -dije-, o señora, me tendréis que


disculpar


pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido


y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal


que dudé de haberlo oído...", y abrí de golpe el


portal:


sólo sombras, nada más.


La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,


y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;


pero en este silencio atroz, superior a toda voz,


sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a


susurrar...


sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco la volvió a


nombrar.


Sólo eso y nada más.


Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis


aposentos


pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.


"Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi


ventana;


veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.


Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.


¡Es el viento y nada más!".


Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,


agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y


ancestral.


Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un


momento,


con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,


en un pálido busto de Palas que hay encima del


umbral;


fue, posóse y nada más.


Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,


en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.


"Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser


osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;


¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"


Dijo el cuervo: "Nunca más".


Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa


sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco


cabal,


pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido


ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.


Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal


que se llamara "Nunca más".


Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde


el busto,


como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.


No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna


hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;


por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".


Dijo entonces :"Nunca más".


Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;


"Sin duda - dije-, repite lo que ha podido acopiar


del repertorio olvidado de algún amo desgraciado


que en su caída redujo sus canciones a un refrán:


"Nunca, nunca más".


Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía


planté una silla mullida frente al avi y el portal;


y hundido en el terciopelo me afané con recelo


en descubrir que quería la funesta ave ancestral


al repetir: "Nunca más".


Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra


al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;


eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada


sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.


¡ Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,


y ya no usará nunca más!.


Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un


incienso


mecido por serafines de leve andar musical.


"¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige


hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!


¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!".


Dijo el cuervo: "Nunca más".


"¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo


alado!


¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad


trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,


a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,


dime, te imploro, si existe algún bálsamo en


Galaad!"


Dijo el cuervo: "Nunca más".


"¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo


alado!


Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,


dile a este desventurado si en el Edén lejano


a Leonor , ahora entre ángeles, un día podré abrazar".


Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".


"¡Diablo alado, no hables más!", dije, dando un


paso atrás;


¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!


¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje


quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!


¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"


Dijo el cuervo: "Nunca más".


Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,


en el pálido busto de Palas que hay encima del


portal;


y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,


cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;


y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,


no se alzará...¡nunca más!.


Edgard Allan Poe ---------------------------------------Versió Original