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viernes, 12 de septiembre de 2008

Crónicas marcianas-Capítulo 2-Ray Bradbury

febrero de 1999

YLLA

Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblito marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto de los dedos, surgía un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas.

El señor K y su mujer vivían desde hacía ya veinte años a orillas del mar muerto, en la misma casa en que habían vivido sus antepasados, y que giraba y seguía el curso del sol, como una flor, desde hacía diez siglos.

El señor K y su mujer no eran viejos. Tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos los marcianos; los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales.

En otro tiempo habían pintado cuadros con fuego químico, habían nadado en los canales, cuando corría por ellos el licor verde de las viñas y habían hablado hasta el amanecer, bajo los azules retratos fosforescentes, en la sala de las conversaciones.

Ahora no eran felices.

Aquella mañana, la señora K, de pie entre las columnas, escuchaba el hervor de las arenas del desierto, que se fundían en una cera amarilla, y parecían fluir hacia el horizonte.

Algo iba a suceder.

La señora K esperaba.

Miraba el cielo azul de Marte, como si en cualquier momento pudiera encogerse, contraerse, y arrojar sobre la arena algo resplandeciente y maravilloso.

Nada ocurría.

Cansada de esperar, avanzó entre las húmedas columnas. Una lluvia suave brotaba de los acanalados capiteles, caía suavemente sobre ella y refrescaba el aire abrasador. En estos días calurosos, pasear entre las columnas era como pasear por un arroyo. Unos frescos hilos de agua brillaban sobre los pisos de la casa. A lo lejos oía a su marido que tocaba el libro, incesantemente, sin que los dedos se le cansaran jamás de las antiguas canciones. Y deseó en silencio que él volviera a abrazarla y a tocarla, como a una arpa pequeña, pasando tanto tiempo junto a ella como el que ahora dedicaba a sus increíbles libros.

Pero no. Meneó la cabeza y se encogió imperceptiblemente de hombros. Los párpados se le cerraron suavemente sobre los ojos amarillos. El matrimonio nos avejenta, nos hace rutinarios, pensó.

Se dejó caer en una silla, que se curvó para recibirla, y cerró fuerte y nerviosamente los ojos.

Y tuvo el sueño.

Los dedos morenos temblaron y se alzaron, crispándose en el aire.

Un momento después se incorporó, sobresaltada, en su silla. Miró vivamente a su alrededor, como si esperara ver a alguien, y pareció decepcionada. No había nadie entre las columnas.

El señor K apareció en una puerta triangular

- ¿Llamaste? - preguntó, irritado.

- No - dijo la señora K.

- Creí oírte gritar.

- ¿Grité? Descansaba y tuve un sueño.

- ¿Descansabas a esta hora? No es tu costumbre.

La señora K seguía sentada, inmóvil, como si el sueño, le hubiese golpeado el rostro.

- Un sueño extraño, muy extraño - murmuró.

- Ah.

Evidentemente, el señor K quería volver a su libro.

- Soñé con un hombre - dijo su mujer

- ¿Con un hombre?

- Un hombre alto, de un metro ochenta de estatura

- Qué absurdo. Un gigante, un gigante deforme.

- Sin embargo... - replicó la señora K buscando las palabras -. Y... ya sé que creerás que soy una tonta, pero... ¡tenía los ojos azules!

- ¿Ojos azules? ¡Dioses! - exclamó el señor K - ¿Qué soñarás la próxima vez? Supongo que los cabellos eran negros.

- ¿Cómo lo adivinaste? - preguntó la señora K excitada.

El señor K respondió fríamente:

- Elegí el color más inverosímil.

- ¡Pues eran negros! - exclamó su mujer -. Y la piel, ¡blanquísima! Era muy extraño. Vestía un uniforme raro. Bajó del cielo y me habló amablemente.

- ¿Bajó del cielo? ¡Qué disparate!

- Vino en una cosa de metal que relucía a la luz del sol - recordó la señora K, y cerró los ojos evocando la escena -. Yo miraba el cielo y algo brilló como una moneda que se tira al aire y de pronto creció y descendió lentamente. Era un aparato plateado, largo y extraño. Y en un costado de ese objeto de plata se abrió una puerta y apareció el hombre alto.

- Si trabajaras un poco más no tendrías esos sueños tan tontos.

- Pues a mí me gustó - dijo la señora K reclinándose en su silla -. Nunca creí tener tanta imaginación. ¡Cabello negro, ojos azules y tez blanca! Un hombre extraño, pero muy hermoso.

- Seguramente tu ideal.

- Eres antipático. No me lo imaginé deliberadamente, se me apareció mientras dormitaba. Pero no fue un sueño, fue algo tan inesperado, tan distinto...

El hombre me miró y me dijo: «Vengo del tercer planeta. Me llamo Nathaniel York...»

- Un nombre estúpido. No es un nombre.

- Naturalmente, es estúpido porque es un sueño - explicó la mujer suavemente -. Además me dijo: «Este es el primer viaje por el espacio. Somos dos en mi nave; yo y mi amigo Bart.»

- Otro nombre estúpido.

- Y luego dijo: «Venimos de una ciudad de la Tierra; así se llama nuestro planeta.» Eso dijo, la Tierra. Y hablaba en otro idioma. Sin embargo yo lo entendía con la mente. Telepatía, supongo.

El señor K se volvió para alejarse; pero su mujer lo detuvo, llamándolo con una voz muy suave.

- ¿Yll? ¿Te has preguntado alguna vez... bueno, si vivirá alguien en el tercer planeta?

- En el tercer planeta no puede haber vida - explicó pacientemente el señor K - Nuestros hombres de ciencia han descubierto que en su atmósfera hay demasiado oxígeno.

- Pero, ¿no sería fascinante que estuviera habitado? ¿Y que sus gentes viajaran por el espacio en algo similar a una nave?

- Bueno, Ylla, ya sabes que detesto los desvaríos sentimentales. Sigamos trabajando.

Caía la tarde, y mientras se paseaba por entre las susurrantes columnas de lluvia, la señora K se puso a cantar. Repitió la canción, una y otra vez.

- ¿Qué canción es ésa? - le preguntó su marido, interrumpiéndola, mientras se acercaba para sentarse a la mesa de fuego.

La mujer alzó los ojos y sorprendida se llevó una mano a la boca.

- No sé.

El sol se ponía. La casa se cerraba, como una flor gigantesca. Un viento sopló entre las columnas de cristal. En la mesa de fuego, el radiante pozo de lava plateada se cubrió de burbujas. El viento movió el pelo rojizo de la señora K y le murmuró suavemente en los oídos. La señora K se quedó mirando en silencio, con ojos amarillos, húmedos y dulces a el lejano y pálido fondo del mar, como si recordara algo.

- Drink to me with thine eyes, and I will pledge with mine (Brinda por mí con tus ojos y yo te prometeré con los míos) - cantó lenta y suavemente, en voz baja -. Or leave a kiss within the cup, and I'll not ask for wine. (O deja un beso en tu copa y no pediré vino.)

Cerró los ojos y susurró moviendo muy levemente las manos. Era una canción muy hermosa.

- Nunca oí esa canción. ¿Es tuya? - le preguntó el señor K mirándola fijamente.

- No. Sí... No sé - titubeó la mujer -. Ni siquiera comprendo las palabras. Son de otro idioma.

- ¿Qué idioma?

La señora K dejó caer, distraídamente, unos trozos de carne en el pozo de lava.

- No lo sé.

Un momento después sacó la carne, ya cocida, y se la sirvió a su marido.

- Es una tontería que he inventado, supongo. No sé por qué.

El señor K no replicó. Observó cómo su mujer echaba unos trozos de carne en el pozo de fuego siseante. El sol se había ido. Lenta, muy lentamente, llegó la noche y llenó la habitación, inundando a la pareja y las columnas, como un vino oscuro que subiera hasta el techo. Sólo la encendida lava de plata iluminaba los rostros.

La señora K tarareó otra vez aquella canción extraña.

El señor K se incorporó bruscamente y salió irritado de la habitación.

Más tarde, solo, el señor K terminó de cenar.

Se levantó de la mesa, se desperezó, miró a su mujer y dijo bostezando:

- Tomemos los pájaros de fuego y vayamos a entretenernos a la ciudad.

- ¿Hablas seriamente? - le preguntó su mujer -. ¿Te sientes bien?

- ¿Por qué te sorprendes?

- No vamos a ninguna parte desde hace seis meses.

- Creo que es una buena idea.

- De pronto eres muy atento.

- No digas esas cosas - replicó el señor K disgustado -. ¿Quieres ir o no?

La señora K miró el pálido desierto; las mellizas lunas blancas subían en la noche; el agua fresca y silenciosa le corría alrededor de los pies. Se estremeció levemente. Quería quedarse sentada, en silencio, sin moverse, hasta que ocurriera lo que había estado esperando todo el día, lo que no podía ocurrir, pero tal vez ocurriera. La canción le rozó la mente, como un ráfaga.

- Yo...

- Te hará bien - musitó su marido. Vamos.

- Estoy cansada. Otra noche.

- Aquí tienes tu bufanda - insistió el señor K alcanzándole un frasco -. No salimos desde hace meses.

Su mujer no lo miraba.

- Tú has ido dos veces por semana a la ciudad de Xi - afirmó.

- Negocios.

- Ah - murmuró la señora K para sí misma.

Del frasco brotó un liquido que se convirtió en un neblina azul y envolvió en sus ondas el cuello de señora K.

Los pájaros de fuego esperaban, como brillantes brasas de carbón, sobre la fresca y tersa arena. La flotante barquilla blanca, unida a los pájaros por mil cintas verdes, se movía suavemente en el viento de la noche.

Ylla se tendió de espaldas en la barquilla, y a una palabra de su marido, los pájaros de fuego se lanzaron ardiendo, hacia el cielo oscuro. Las cintas se estiraron, la barquilla se elevó deslizándose sobre las arenas, que crujieron suavemente. Las colinas azules desfilaron, desfilaron, y la casa, las húmedas columnas, las flores enjauladas, los libros sonoros y los susurrantes arroyuelos del piso quedaron atrás. Ylla no miraba a su marido. Oía sus órdenes mientras los pájaros en llamas ascendían ardiendo en el viento, como diez mil chispas calientes, como fuegos artificiales en el cielo, amarillos y rojos, que arrastraban el pétalo de flor de la barquilla.

Ylla no miraba las antiguas y ajedrezadas ciudades muertas, ni los viejos canales de sueño y soledad. Como una sombra de luna, como una antorcha encendida, volaban sobre ríos secos y lagos secos.

Ylla sólo miraba el cielo.

Su marido le habló.

Ylla miraba el cielo.

- ¿No me oíste?

- ¿Qué?

El señor K suspiró.

- Podías prestar atención.

- Estaba pensando.

- No sabía que fueras amante de la naturaleza, pero indudablemente el cielo te interesa mucho esta noche.

- Es hermosísimo.

- Me gustaría llamar a Hulle - dijo el marido lentamente -. Quisiera preguntarle si podemos pasar unos días, una semana, no más, en las montañas Azules. Es sólo una idea...

- ¡En las montañas Azules! - Gritó Ylla tomándose con una mano del borde de la barquilla y volviéndose rápidamente hacia él.

- Oh, es sólo una idea...

Ylla se estremeció.

- ¿Cuándo quieres ir?

- He pensado que podríamos salir mañana por la mañana - respondió el señor K negligentemente -. Nos levantaríamos temprano...

- ¡Pero nunca hemos salido en esta época!

- Sólo por esta vez. - El señor K sonrió. - Nos hará bien. Tendremos paz y tranquilidad. ¿Acaso has proyectado alguna otra cosa? Iremos, ¿no es cierto?

Ylla tomó aliento, esperó, y dijo:

- ¿Qué?

El grito sobresaltó a los pájaros; la barquilla se sacudió.

- No - dijo Ylla firmemente -. Está decidido. No iré.

El señor K la miró y no hablaron más. Ylla le volvió la espalda.

Los pájaros volaban, como diez mil teas al viento.

Al amanecer, el sol que atravesaba las columnas de cristal disolvió la niebla que había sostenido a Ylla mientras dormía. Ylla había pasado la noche suspendida entre el techo y el piso, flotando suavemente en la blanda alfombra de bruma que brotaba de las paredes cuando ella se abandonaba al sueño. Había dormido toda la noche en ese río callado, como un bote en una corriente silenciosa. Ahora el calor disipaba la niebla, y la bruma descendió hasta depositar a Ylla en la costa del despertar.

Abrió los ojos.

El señor K, de pie, la observaba como si hubiera estado junto a ella, inmóvil, durante horas y horas. Sin saber por qué, Ylla apartó los ojos.

- Has soñado otra vez - dijo el señor K -. Hablabas en voz alta y me desvelaste. Creo realmente que debes ver a un médico.

- No será nada.

- Hablaste mucho mientras dormías.

- ¿Sí? - dijo Ylla, incorporándose.

Una luz gris le bañaba el cuerpo. El frío del amanecer entraba en la habitación.

- ¿Qué soñaste?

Ylla reflexionó unos instantes y luego recordó.

- La nave. Descendía otra vez, se posaba en el suelo y el hombre salía y me hablaba, bromeando, riéndose, y yo estaba contenta.

El señor K, impasible, tocó una columna. Fuentes de vapor y agua caliente brotaron del cristal. El frío desapareció de la habitación.

- Luego - dijo Ylla -, ese hombre de nombre tan raro, Nathaniel York, me dijo que yo era hermosa y... y me besó.

- ¡Ah! - exclamó su marido, dándole la espalda.

- Sólo fue un sueño - dijo Ylla, divertida.

- ¡Guárdate entonces esos estúpidos sueños de mujer!

- No seas niño - replicó Ylla reclinándose en los últimos restos de bruma química.

Un momento después se echó a reír.

- Recuerdo algo más - confesó.

- Bueno, ¿qué es, qué es?

- Ylla, tienes muy mal carácter.

- ¡Dímelo! - exigió el señor K inclinándose hacia ella con una expresión sombría y dura -. ¡No debes ocultarme nada!

- Nunca te vi así - dijo Ylla, sorprendida e interesada a la vez -. Ese Nathaniel York me dijo... Bueno, me dijo que me llevaría en la nave, de vuelta a su planeta. Realmente es ridículo.

- ¡Si! ¡Ridículo! - gritó el señor K -. ¡Oh, dioses! ¡Si te hubieras oído, hablándole, halagándolo, cantando con él toda la noche! ¡Si te hubieras oído!

- ¡Yll!

- ¿Cuándo va a venir? ¿Dónde va a descender su maldita nave?

- Yll, no alces la voz.

- ¡Qué importa la voz! ¿No soñaste - dijo el señor K inclinándose rígidamente hacia ella y tomándola de un brazo - que la nave descendía en el valle Verde?

¡Contesta!

- Pero, si...

- Y descendía esta tarde, ¿no es cierto?

- Sí, creo que sí, pero fue sólo un sueño.

- Bueno - dijo el señor K soltándola -, por lo menos eres sincera. Oí todo lo que dijiste mientras dormías. Mencionaste el valle y la hora.

Jadeante, dio unos pasos entre las columnas, como cegado por un rayo. Poco a poco recuperó el aliento. Su mujer lo observaba como si se hubiera vuelto loco. Al fin se levantó y se acercó a él.

- Yll - susurró:

- No me pasa nada.

- Estás enfermo.

- No - dijo el señor K con una sonrisa débil y forzada -. Soy un niño, nada más. Perdóname, querida. - La acarició torpemente. - He trabajado demasiado en estos días. Lo lamento. Voy a acostarme un rato.

- ¡Te excitaste de una manera!

- Ahora me siento bien, muy bien. - Suspiró. - Olvidemos esto. Ayer me dijeron algo de Uel que quiero contarte. Si te parece, preparas el desayuno, te cuento lo de Uel y olvidamos este asunto.

- No fue más que un sueño.

- Por supuesto - dijo el señor K, y la besó mecánicamente en la mejilla -. Nada más que un sueño.

Al mediodía, las colinas resplandecían bajo el sol abrasador.

- ¿No vas al pueblo? - preguntó Ylla.

El señor K arqueó ligeramente las cejas.

- ¿Al pueblo?

- Pensé que irías hoy.

Ylla acomodó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron abriendo las hambrientas bocas amarillas. El señor K cerró su libro.

- No - dijo -. Hace demasiado calor, y además es tarde.

- Ah - exclamó Ylla. Terminó de acomodar las flores y fue hacia la puerta -. En seguida vuelvo - añadió.

- Espera un momento. ¿A dónde vas?

- A casa de Pao. Me ha invitado - contestó Ylla, ya casi fuera de la habitación.

- ¿Hoy?

- Hace mucho que no la veo. No vive lejos.

- ¿En el valle Verde, no es así?

- Sí, es sólo un paseo - respondió Ylla alejándose de prisa.

- Lo siento, lo siento mucho. - El señor K corrió detrás de su mujer, como preocupado por un olvido. - No sé cómo he podido olvidarlo. Le dije al doctor Nlle que viniera esta tarde.

- ¿Al doctor Nlle? - dijo Ylla volviéndose.

- Sí - respondió su marido, y tomándola de un brazo la arrastró hacia adentro.

- Pero Pao...

- Pao puede esperar. Tenemos que obsequiar al doctor Nlle.

- Un momento nada más.

- No, Ylla.

- ¿No?

El señor K sacudió la cabeza.

- No. Además la casa de Pao está muy lejos. Hay que cruzar el valle Verde, y después el canal y descender una colina, ¿no es así? Además hará mucho, mucho calor, y el doctor Nlle estará encantado de verte. Bueno, ¿qué dices?

Ylla no contestó. Quería escaparse, correr. Quería gritar. Pero se sentó, volvió lentamente las manos, y se las miró inexpresivamente.

- Ylla - dijo el señor K en voz baja -. ¿Te quedarás aquí, no es cierto?

- Sí - dijo Ylla al cabo de un momento -. Me quedaré aquí.

- ¿Toda la tarde?

- Toda la tarde.

Pasaba el tiempo y el doctor Nlle no había aparecido aún. El marido de Ylla no parecía muy sorprendido. Cuando ya caía el sol, murmuró algo, fue hacia un armario y sacó de él un arma de aspecto siniestro, un tubo largo y amarillento que terminaba en un gatillo y unos fuelles. Luego se puso una máscara, una máscara de plata, inexpresiva, la máscara con que ocultaba sus sentimientos, la máscara flexible que se ceñía de un modo tan perfecto a las delgadas mejillas, la barbilla y la frente. Examinó el arma amenazadora que tenía en las manos. Los fuelles zumbaban constantemente con un zumbido de insecto. El arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que clavaban su aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena.

- ¿A dónde vas? - preguntó Ylla.

- ¿Qué dices? - El señor K escuchaba el terrible zumbido del fuelle - El doctor Nlle se ha retrasado y no tengo ganas de seguir esperándolo. Voy a cazar un rato. En seguida vuelvo. Tú no saldrás, ¿no es cierto?

La máscara de plata brillaba intensamente.

- No.

- Dile al doctor Nlle que volveré pronto, que sólo he ido a cazar.

La puerta triangular se cerró. Los pasos de Yll se apagaron en la colina. Ylla observó cómo se alejaba bajo la luz del sol y luego volvió a sus tareas. Limpió las habitaciones con el polvo magnético y arrancó los nuevos frutos de las paredes de cristal. Estaba trabajando, con energía y rapidez, cuando de pronto una especie de sopor se apoderó de ella y se encontró otra vez cantando la rara y memorable canción, con los ojos fijos en el cielo, más allá de las columnas de cristal.

Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.

Se acercaba.

Ocurriría en cualquier momento.

Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas, sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de manchas y cambia de color, las nubes se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencia. Uno siente un leve estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice: «Atención, atención, atención, atención...», con una voz muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo.

Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos negros, cerrándose, para siempre.

Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperaban rayos, pero no había una nube.

Ylla caminó por la casa silenciosa y sofocante. El rayo caería en cualquier instante; habría un trueno, un poco de humo, y luego silencio, pasos en el sendero, un golpe en los cristales, y ella correría a la puerta...

- Loca Ylla - dijo, burlándose de sí misma -. ¿Por qué te permites estos desvaríos?

Y entonces ocurrió.

Calor, como si un incendio atravesara el aire. Un zumbido penetrante, un resplandor metálico en el cielo.

Ylla dio un grito. Corrió entre las columnas y abriendo las puertas de par en par, miró hacia las montañas. Todo había pasado. Iba ya a correr colina abajo cuando se contuvo. Debía quedarse allí, sin moverse. No podía salir. Su marido se enojaría muchísimo si se iba mientras aguardaban al doctor.

Esperó en el umbral, anhelante, con la mano extendida. Trató inútilmente de alcanzar con la vista el valle Verde.

Qué tonta soy, pensó mientras se volvía hacia la puerta. No ha sido más que un pájaro, una hoja, el viento, o un pez en el canal. Siéntate. Descansa.

Se sentó.

Se oyó un disparo.

Claro, intenso, el ruido de la terrible arma de insectos.

Ylla se estremeció. Un disparo. Venía de muy lejos. El zumbido de las abejas distantes. Un disparo. Luego un segundo disparo, preciso y frío, y lejano.

Se estremeció nuevamente y sin haber por qué se incorporó gritando, gritando, como si no fuera a callarse nunca. Corrió apresuradamente por la casa y abrió otra vez la puerta.

Ylla esperó en el jardín, muy pálida, cinco minutos.

Los ecos morían a los lejos.

Se apagaron.

Luego, lentamente, cabizbaja, con los labios temblorosos, vagó por las habitaciones adornadas de columnas, acariciando los objetos, y se sentó a esperar en el ya oscuro cuarto del vino. Con un borde de su chal se puso a frotar un vaso de ámbar.

Y entonces, a lo lejos, se oyó un ruido de pasos en la grava. Se incorporó y aguardó, inmóvil, en el centro de la habitación silenciosa. El vaso se le cayó de los dedos y se hizo trizas contra el piso.

Los pasos titubearon ante la puerta.

¿Hablaría? ¿Gritaría; «¡Entre, entre!»?, se preguntó

Se adelantó. Alguien subía por la rampa. Una mano hizo girar el picaporte.

Sonrió a la puerta. La puerta se abrió. Ylla dejó de sonreír. Era su marido. La máscara de plata tenía un brillo opaco.

El señor K entró y miró a su mujer sólo un instante. Sacó luego del arma dos fuelles vacíos y los puso en un rincón. Mientras, en cuclillas, Ylla trataba inútilmente de recoger los trozos del vaso.

- ¿Qué estuviste haciendo? - preguntó.

- Nada - respondió él, de espaldas, quitándose la máscara.

- Pero... el arma. Oí dos disparos.

- Estaba cazando, eso es todo. De vez en cuando me gusta cazar. ¿Vino el doctor Nlle?

- No.

- Déjame pensar. - El señor K castañeteó fastidiado los dedos. - Claro, ahora recuerdo. No iba a venir hoy, sino mañana. Qué tonto soy.

Se sentaron a la mesa. Ylla miraba la comida, con las manos inmóviles.

- ¿Qué te pasa? - le preguntó su marido sin mirarla, mientras sumergía en la lava unos trozos de carne.

- No sé. No tengo apetito.

- ¿Por qué?

- No sé. No sé por qué.

El viento se levantó en las alturas. El sol se puso, y la habitación pareció de pronto más fría y pequeña.

- Quisiera recordar - dijo Ylla rompiendo el silencio y mirando a lo lejos, más allá de la figura de su marido, frío, erguido, de mirada amarilla.

- ¿Qué quisieras recordar? - preguntó el señor K bebiendo un poco de vino.

- Aquella canción - respondió Ylla -, aquella dulce y hermosa canción. Cerró los ojos y tarareó algo, pero no la canción. - La he olvidado y no se por qué. No quisiera olvidarla. Quisiera recordarla siempre.

Movió las manos, como si el ritmo pudiera ayudarle a recordar la canción. Luego se recostó en su silla.

- No puedo acordarme - dijo, y se echó a llorar.

- ¿Por qué lloras? - le preguntó su marido.

- No sé, no sé, no puedo contenerme. Estoy triste y no sé por qué. Lloro y no sé por qué.

Lloraba con el rostro entre las manos; los hombros sacudidos por los sollozos.

- Mañana te sentirás mejor - le dijo su marido.

Ylla no lo miró. Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.

- Sí - dijo -, mañana me sentiré mejor.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Crónicas marcianas- capítulo 1- Ray Bradbury

ENERO DE 1999

El verano del cohete

Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.

Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.

El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida. El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra...

sábado, 1 de marzo de 2008

El Basurero-Ray Bradbury

EL Basurero-Ray Bradbury

Así ERA su TRABAJO: se levantaba a las cinco de la fría y oscura mañana y se lavaba la cara con agua caliente si el aparato de calefacción funcionaba y con agua fría si el aparato no funcionaba. Se afeitaba cuidadosamente, hablándole a su mujer en la cocina, que preparaba jamón y huevos o panqueques o lo que hubiera aquella mañana. A las seis en punto estaba en marcha solo hacia su trabajo, y estacionaba el coche donde los otros hombres estacionarían los suyos a medida que se alzara el sol.

A aquella hora de la mañana los colores del cielo eran anaranjados y azules y violetas y a veces muy rojos y a veces amarillos o claros como el agua sobre una piedra blanca. Algunas mañanas podía ver su aliento en el aire y otras mañanas no. Pero aún asomaba el sol cuando golpeaba con el puño la cabina del camión verde, y el conductor sonriendo y diciendo hola, subía al camión por el otro lado y entraban en la gran ciudad e iban calles abajo hasta que llegaban al lugar donde empezaban a trabajar.

A veces se detenían en el camino a beber café negro y luego seguían con el calor en el cuerpo. Y comenzaban a trabajar, es decir que él saltaba frente a todas las casas y recogía las latas de basura y las llevaba al camión y les sacaba la tapa y las golpeaba contra el borde de la caja, de modo que las càscaras de naranja y melón y el café usado caían y empezaban a llenar el camión vacío. Había siempre huesos de ternera y cabezas de pescado y trozos de cebolla y apio rancio. La basura reciente no era nada malo, pero sí la basura muy vieja. No sabía realmente si le gustaba o no el trabajo, pero era un trabajo y lo hacía bien, hablando mucho de él a ratos, y otros no pensando en él de ningún modo. Algunas veces el trabajo era maravilloso, pues uno estaba afuera temprano y el aire era limpio y fresco hasta que uno había trabajado demasiado y el sol calentaba y la basura humeaba. Pero casi siempre era un trabajo regular y tranquilo, y al pasar uno podía mirar las casas y jardines y ver cómo vivían todos. Y una o dos veces al mes le sorprendía descubrir que el trabajo le gustaba y que era el mejor trabajo del mundo.

Así fue durante muchos años. Y luego, de pronto, el trabajo cambió para él. En un día. Más tarde se preguntó a menudo cómo un trabajo podía cambiar tanto en tan pocas horas.

Entró en la casa y no vio a su mujer ni oyó su voz, aunque ella estaba allí. Fue hasta una silla y ella lo miró desde lejos observando como él tocaba la silla y se sentaba sin decir una palabra.

—¿Qué hay de malo?

Al fin la voz de su mujer llegó a él. Debía haberlo dicho tres o cuatro veces.

—¿De malo?

Miró a aquella mujer, y sí, era su mujer, era alguien que conocía, y aquella era su casa con los altos cielo rasos y las gastadas alfombras.

—Algo ocurrió hoy en el trabajo —dijo.

Ella esperó.

—En mi camión, algo pasó. —La lengua se le movió secamente sobre los labios y se le cerraron los ojos hasta que no hubo más que oscuridad y ninguna luz y era como estar solo y de pie en un cuarto cuando uno deja la cama en medio de la noche oscura—. Creo que voy a renunciar a mi trabajo. Trata de entender.

—¡Entender! —exclamó ella.

—No puedo evitarlo. Nunca me ocurrió una cosa tan rara en toda mi vida. —Abrió los ojos y sintió las manos frías mientras se frotaba el dedo índice con el pulgar—. Fue raro lo que ocurrió.

—Bueno, ¡no te quedes ahí!

El hombre sacó parte de un periódico del bolsillo de su chaqueta de cuero.

—Este es el diario de hoy —dijo—. 10 de diciembre de 1951, Times de Los Angeles. Boletín de Defensa Civil. Dicen que están comprando radios para nuestros camiones de basura.

—Bueno, un poco de música no tiene nada de malo.

—No, no música. No entiendes. No música.

Abrió la mano tosca y señaló con una uña limpia, lentamente, tratando de que todo estuviese allí, donde él pudiese verlo y ella pudiese verlo.

—En este artículo el alcalde dice que pondrán aparatos transmisores y receptores en todos los camiones de basura de la ciudad. —Se miró la mano con los ojos entornados—. Cuando las bombas atómicas caigan en la ciudad, estas radios nos llamarán a nosotros. Y entonces nuestros camiones irán a recoger los cadáveres.

—Bueno, eso parece práctico. Cuando...

—Los camiones de basura —dijo él— irán a recoger todos los cadáveres.

—¿No puedes dejar los cadáveres por ahí, no es cierto? Tienes que recogerlos y...

La mujer cerró la boca muy lentamente. Parpadeó, sólo una vez, y también muy lentamente. El hombre observó aquel lento parpadeo. En seguida, como si alguien la hubiera ayudado a volverse, la mujer dio media vuelta, fue hasta un sillón, hizo una pausa, pensó cómo hacerlo, y se sentó, muy erguida y tiesa. No dijo nada.

El hombre escuchó el tic-tac de su reloj, pero sólo con una parte de la mente.

Al fin ella rio.

—¡Están bromeando!

El hombre sacudió la cabeza. Sentía que la cabeza se le movía de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, con la misma lentitud con que había ocurrido todo.

—No. Hoy pusieron un receptor en mi camión. Y me dijeron que cuando yo escuchase la sirena de alarma dejase caer la basura en cualquier parte. Y que cuando ellos me llamasen por la radio, yo fuera allí a recoger los muertos.

El agua hirvió ruidosamente en la cocina. La mujer la dejó hervir cinco segundos y luego se apoyó en el brazo del sillón con una mano y se incorporó y encontró la puerta y entró en la cocina. El ruido del hervor se apagó. La mujer apareció en la puerta y luego fue hasta donde estaba él, inmóvil, con la cabeza en la misma posición.

—Ya está todo publicado. Tienen cuadrillas, sargentos, capitanes, cabos, todo —dijo él—. Hasta sabemos a dónde hay que traer los cadáveres.

—Así que pensaste en eso todo el día —dijo ella.

—Todo el día desde esta mañana. Pensé: Quizá ahora yo ya no quiera ser más un recolector de basura. A veces Tom y yo nos divertíamos con una especie de ¡uego. Hay que llegar a eso La basura no es agradable. Pero trabajando con ella es posible transformarla en un juego. Así lo hicimos Tom y yo. Mirábamos qué clase de basura deja la gente. Costillas de ternera en las casas ricas, lechuga y cascaras de naranja en las pobres. Sí, es tonto, pero un hombre tiene tiue hacer su trabajo tan bien como sea posible, y que va1°:a la pena, ¿si no para qué hacerlo? Y en un camión uno es su propio jefe en cierto modo. Uno sale a la mañana temprano, y es un trabajo al aire libre a fin de cuentas. Ves cómo sale e' sol, y cómo despierta ia ciudad, y eso no es tan malo. Pero ahora, hoy, de pronto, ya no es un trabajo para mí.

La mujer empezó a hablar rápidamente. Nombró muchas cosas y habló de otras muchas más, pero antes que ella llegase muy lejos él la interrumpió dulcemente.

—Ya sé, ya sé, los chicos y la escuela, y nuestro coche, ya sé —dijo—. Y las cuentas y el dinero y el crédito. ¿Pero y aquella granja que nos dejó papá? ¿Por qué no mudarnos allí, lejos de las ciudades? Sé un poco de trabajos de campo. Podemos criar ganado, sembrar, tener bastante para vivir durante meses si algo pasara.

La mujer calló.

—Sí, todos nuestros amigos están aquí, en la ciudad, —continuó él—. Y las películas y los teatros y los amigos de los chicos, y ...

La mujer respiró profundamente.

—¿No podemos pensarlo unos días?

—No sé. Tengo miedo. Temo que si pienso un tiempo en mi camión y el nuevo trabajo me acostumbre a eso. Y, oh Cristo, no parece bien que un hombre, un ser humano, se acostumbre a una idea semejante.

Ella meneó lentamente la cabeza, mirando las ventanas, las paredes grises, los cuadros oscuros en las paredes. Apretó las manos. Abrió la boca.

—Lo pensaré esta noche —dijo él—. Me quedaré un rato levantado. A la mañana sabré qué hacer.

—Ten cuidado con los chicos. No conviene que ellos conozcan esto.

—Tendré cuidado.

—No hablemos más entonces. Terminaré de preparar la cena.—La mujer se incorporó de un salto y se llevó las manos a la cara y luego se miró las manos y observó el sol en las ventanas—. Los chicos llegarán en cualquier momento.

—No tengo mucho apetito.

—Tienes que comer, tienes que ir adelante.

La mujer corrió dejándolo sólo en medio de un cuarto donde ninguna brisa movía las cortinas, y sólo el cielo raso gris colgaba sobre él con una solitaria lámpara apagada, como una vieja luna en el cielo. Se sentía tranquilo. Se frotó la cara con las manos. Se incorporó y se detuvo en un umbral y dio un paso adelante y sintió que se sentaba en una silla del comedor. Vio que extendía las manos en el mantel blanco, desierto.

—Toda la tarde —dijo—, he pensado.

La mujer se movía en la cocina, entrechocando ollas, golpeando sartenes contra el silencio que estaba en todas partes.

—Me he preguntado —dijo el hombre— cómo habrá qué poner los cuerpos en los camiones, a lo largo o a lo ancho, con la cabeza a la derecha o los pies a la derecha. ¿Hombres y mujeres juntos, o separados? ¿Los niños en un camión, o mezclados con hombres y mujeres? ¿Los perros en camiones especiales, o los dejaremos ahí? Me he preguntado cuántos cabrán en un camión. Y me he preguntado si habrá que ponerlos unos sobre otros y comprendí al fin que no había otra solución. No puedo imaginármelo. No alcanzo a verlo. Trato, pero no es posible, no hay modo de saber cuántos pueden caber en un camión.

Se quedó pensando en cómo era en las últimas horas de su trabajo, con el camión lleno y la lona que cubre el gran montón de basura, de modo que el montón comba la lona como un montículo irregular. Y cómo era si uno retira de pronto la lona y mira adentro. Durante unos segundos uno ve las cosas como macarrones o tallarines, sólo cosas blancas que viven y hierven, millones de ellas. Y cuando las cosas blancas sienten el calor del sol, se esconden y se meten en las lechugas y los restos de carne de vaca y café y las cabezas de los blancos pescados. Luego de diez segundos de luz solar, las cosas blancas que parecen tallarines o macarrones han desaparecido, y en el gran montón de basura nada se mueve, y uno pone otra vez la lona y sabe que abajo hay oscuridad otra vez, y las cosas empiezan a moverse como siempre deben moverse las cosas en la oscuridad.

Estaba todavía sentado allí en el cuarto desierto cuando la puerta de calle se abrió de par en par. Su hijo y su hija entraron corriendo, riéndose, y lo vieron allí sentado, y se detuvieron.

La madre corrió a la puerta de la cocina, se apoyó rápidamente en el marco, y miró fijamente a su familia. Le vieron la cara y le oyeron la voz.

—¡Sentaos, chicos, sentaos! —Alzó una mano y la adelantó hacia ellos—. Llegáis justo a tiempo.

sábado, 16 de febrero de 2008

En la noche-Ray Bradbury

Ray Bradbury

EN LA NOCHE[1]


La señora navárrez gemía toda la noche, y los gemidos llenaban la casa de vecindad como una luz encendida en todos los cuartos, de modo que nadie podía dormir. La mujer mordía la almohada, rechinando los dientes, toda la noche, y retorcía las manos delgadas, gritando:

—¡Joe, querido!—.

A las tres de la madrugada la gente de la casa, abandonando toda esperanza de que la mujer cerrase alguna vez la boca pintada de rojo, se levantó, furiosa y decidida, y se vistió para tomar un ómnibus que los llevase a la parte baja de la ciudad a algún cine nocturno. Allí Roy Rogers perseguía a los hombres malos a través de velos de tabaco rancio y hablaba sobre los suaves ronquidos de la sala oscura.

Al alba, la señora Navárrez aún sollozaba y chillaba.

Durante el día no era tan terrible. Entonces el coro de los niños que gritaban aquí o allí en la casa añadía un elemento que era casi armónico. Las máquinas de lavar se agitaban entonces ruidosamente en el porche de la casa, y mujeres con vestidos de felpilla, de pie en las empapadas tablas del porche, se transmitían rápidamente sus murmuraciones mexicanas. Pero de cuando en cuando, sobre las agudas voces, el lavado, los niños, uno podía oír a la señora Navárrez como una radio vociferante:

—¡Joe, oh, mi pobre Joe!

Ahora, al atardecer, los hombres llegaban con el sudor del trabajo bajo los brazos. Tendidos en frescas bañeras, por toda la casa, mientras se preparaban las comidas, maldecían y se llevaban las manos a las orejas.

—¡Todavía está en eso! —rabiaban desesperados. Un hombre hasta pateó la puerta—. ¡Cállese, mujer! —Pero sólo logró que la señora Navárrez gritara con más fuerza—. ¡Oh, ah! ¡Joe, Joe!

—¡Esta noche cenamos afuera! —les dijeron los hombres a sus mujeres.

En toda la casa, los utensilios de cocina volvieron a sus estantes y se cerraron las puertas mientras los hombres hacían correr a sus perfumadas mujeres llevándolas por los pálidos codos.

A medianoche, el señor Villanazul abrió su puerta vieja y descascarada, cerró los ojos y se quedó así un momento, balanceándose. A su lado estaba su mujer Tina, con tres hijos, y dos hijas, una en brazos.

—Oh, Dios —susurró el señor Villanazul—. Dulce Jesús, baja de la cruz y haz callar a esa mujer—. Entraron en el oscuro cuartito y miraron la luz azul de la vela que llameaba bajo un crucifijo solitario. El señor Villanazul sacudió filosóficamente la cabeza—. Está todavía en la cruz.

Estaban en cama como animales en el asador, y la noche de verano los rociaba con sus propios líquidos. La casa ardía con el grito de aquella mujer enferma.

—¡Me ahogo!

El señor Villanazul corrió por la casa, escaleras abajo hasta el porche, con su mujer, dejando arriba a los niños que tenían el grande y milagroso don de poder dormir a pesar de todo.

Unas figuras oscuras ocupaban el porche; una docena de hombres silenciosos, en cuclillas, con cigarrillos que humeaban y brillaban entre los dedos morenos, mujeres en batas de felpilla que trataban de aprovechar el escaso viento nocturno. Se movían como figuras de sueño, como alambres y rodillos envueltos fuertemente en ropas de momia. Tenían los ojos hinchados y las lenguas espesas.

—¿Y si entramos a su cuarto y la estrangulamos? —dijo uno de los hombres.

—No, eso no estaría bien —dijo una mujer—. Arrojémosla por una ventana.

Todos se rieron cansadamente.

El señor Villanazul parpadeaba perplejo. Su mujer se movía perezosamente a su lado.

—Uno podría pensar que Joe es el único hombre del mundo que se ha alistado en el ejército —dijo alguien, irritado—. ¡La señora Navárrez, bah! Este marido de ella pelará papas. ¡El hombre más seguro en infantería!

—Hay que hacer algo —dijo el señor Villanazul sorprendido ante la dura firmeza de su propia voz.

Todos lo miraron.

—No podemos seguir así otra noche —continuó el señor Villanazul bruscamente.

—Cuanto más le golpeamos la puerta, más grita —explicó el señor Gómez.

—Vino el cura esta tarde —dijo la señora Gutiérrez—. Lo llamamos desesperados. Pero la señora Navárrez no le quiso abrir la puerta, a pesar de todos sus ruegos. El cura se fue. El oficial Gilvie le gritó, también, ¿pero creen ustedes que ella oyó algo?

—Debemos probar otro método, entonces —musitó el señor Villanazul—. Alguien debe mostrarse... simpático con ella.

—¿Y qué nuevo método sería ese? —preguntó el señor Gómez.

El señor Villanazul pensó un momento.

—Si al menos hubiese un hombre soltero entre nosotros —dijo al fin.

Dejó caer la frase como una piedra fría en un pozo profundo. Esperó a que llegara al fondo y que las ondas desapareciesen.

Todos suspiraron.

Era como si se hubiese levantado una brisa de verano. Los hombres se enderezaron un poco; las mujeres se movieron más rápidamente.

—Pero —replicó el señor Gómez echándose hacia atrás— todos somos casados. No hay solteros.

—Oh —dijeron todos, y se hundieron en el cauce vacío de la noche, y el humo se elevó en silencio.

—Entonces —dijo el señor Villanazul alzando los hombros, endureciendo la boca—, ¡tiene que ser uno de nosotros!

Otra vez sopló el viento de la noche, estremeciéndolos.

—¡No es hora de egoísmos! —declaró Villanazul—. ¡Uno de nosotros debe hacerlo! ¡O si no, pasaremos otra noche infernal!

La gente del porche se apartó del señor Villanazul, parpadeando.

—¿Usted lo haría, no es cierto, señor Villanazul? —preguntaron.

El hombre se endureció. El cigarrillo casi se le cayó de los dedos.

—Oh, pero yo ... —objetó.

—Usted —dijeron los otros—. ¿Sí?

El señor Villanazul agitó febrilmente las manos.

—Tengo mujer y cinco hijos. ¡Uno aún no camina!

—Pero no hay solteros entre nosotros, y ha sido idea suya, y debe usted tener el coraje de sus convicciones, señor Villanazul —dijeron todos.

Villanazul calló, muy asustado. Echó unas rápidas miradas a su mujer.

Tina se balanceaba lentamente en el aire de la noche, mirando a su marido.

—Estoy tan cansada —se quejó.

—Tina —dijo él.

—Me moriré si no duermo —dijo Tina.

—Oh, pero, Tina —dijo él.

—Me moriré y habrá muchas flores y me enterrarán si no descanso —murmuró.

—Tiene mal aspecto —dijeron todos.

El señor Villanazul titubeó sólo un momento- Tocó los dedos calientes y flojos de su mujer. Le tocó los labios, la caliente mejilla.

Dejó el porche sin una palabra.

Podían oír sus pies que subía las polvorientas escaleras de la casa, y llegaban al tercer piso donde la señora Navárrez gemía y gritaba.

Esperaron en el porche.

Los hombres encendieron nuevos cigarrillos y arrojaron lejos los fósforos, susurrando como el viento, y las mujeres se pasearon alrededor de un lado a otro, y todos hablaban con la señora Villanazul, ojerosa, apoyada contra la barandilla del porche.

—Ahora —murmuró uno de los hombres—, ¡el señor Villanazul ha llegado arriba!

Todos callaron.

—Ahora —siseó el hombre con un murmullo teatral—, ¡el señor Villanazul llama a la puerta! Tap, tap.

Todos escucharon, conteniendo el aliento.

Muy lejos se oyó un golpeteo.

—Ahora la señora de Navárrez, ante esta intrusión, ¡se echa otra vez a llorar!

De arriba vino un grito.

—Ahora —imaginó el hombre, inclinado hacia adelante, moviendo delicadamente la mano en el aire—, el señor Villanazul ruega y ruega, dulcemente, en voz baja, ante la puerta cerrada.

La gente del porche alzó las barbillas, tratando de ver a través de tres pisos de madera y yeso hasta el tercer piso, esperando.

El grito se apagó.

—Ahora el señor Villanazul habla rápidamente, ruega, murmura, promete —susurró el hombre.

El grito se transformó en un sollozo, el sollozo en un gemido, y al fin no hubo más que un ruido de respiraciones y corazones que latían y oídos que escuchaban.

Luego de dos minutos de sudar y esperar, la gente del porche oyó que allá arriba se alzaba un cerrojo, se abría una puerta, y un segundo más tarde se cerraba con un murmullo.

La casa estaba en silencio.

El silencio vivía en todos los cuartos como una luz apagada. El silencio fluía como un vino fresa por los túneles de los pasillos. El silencio entraba por las puertas como una brisa fresca desde la bohardilla. Todos respiraron la frescura del silencio.

—Ah —suspiraron.



[1] En castellano en el original.

domingo, 20 de enero de 2008

El Flautista-Ray Bradbury

EL FLAUTISTA

Ray Bradbury



- ¡Ahí está!, ¡Señor! ¡Míralo! ¡Ahí está! - cloqueó el viejo, señalando con un calloso dedo -. ¡El viejo flautista! ¡Completamente loco! ¡Todos los años igual!

El muchacho marciano que estaba a los pies del viejo agitó sus rojizos pies en el suelo y clavó sus grandes ojos verdes en la colina funeraria donde permanecía inmóvil el flautista.

- ¿Y por qué hace esto? - preguntó.

- ¿Qué? - el apergaminado rostro del viejo se frunció en un laberinto de arrugas -. Está loco, eso es todo. No hace más que permanecer ahí, soplando su música desde el anochecer hasta el alba.

El tenue sonido de la flauta se filtraba en la penumbra, creando apagados ecos en las bajas prominencias y perdiéndose poco a poco en el melancólico silencio. Luego aumentó su volumen, haciéndose más alto, más discordante, como si llorara con una voz aguda.

El flautista era un hombre alto, delgado, con el rostro tan pálido y vacío como las lunas de Marte, los ojos de color cárdeno; se mantenía erguido recortándose contra el tenebroso cielo, con la flauta pegada a los labios, y tocaba. El flautista... una silueta... un símbolo... una melodía.

- ¿De dónde viene el flautista? - preguntó el muchacho.

- De Venus - dijo el viejo. Se quitó la pipa de la boca y la atacó -. ¡Oh!, hace más de veinte años, a bordo del mismo proyectil que trajo a los terrestres. Yo llegué en la misma nave, procedente de la Tierra: ocupamos dos asientos contiguos.

- ¿Cómo se llama? - la voz del muchacho era infantil, curiosa.

- No lo recuerdo. En realidad, creo que nunca he llegado a saberlo.

Les alcanzó un impreciso ruido de roces. El flautista seguía tocando, sin prestar ninguna atención. Procedentes de las sombras, recortándose contra el horizonte tachonado de estrellas, estaban empezando a llegar formas misteriosas que se arrastraban, se arrastraban.

- Marte es un mundo que se muere - dijo el viejo -. Ya no ocurre nada importante aquí. Creo que el flautista es un exiliado.

Las estrellas se estremecían como un reflejo en el agua, danzando al ritmo de la música.

- Un exiliado - prosiguió el viejo -. Un poco como un leproso. Le llamaban el Cerebro. Era el compendio de toda la cultura venusiana hasta que llegaron los terrestres con sus sociedades ávidas y sus malditos libertinajes. Los terrestres lo declararon fuera de la ley y lo enviaron a Marte para que terminara aquí sus días.

- Marte es un mundo que se muere - repitió el chiquillo -. Un mundo que se muere. ¿Cuántos marcianos hay ahora, señor?

El viejo dejó oír una risita.

- Creo que tú eres tal vez el único marciano de pura raza que queda con vida, muchacho. Pero hay muchos millones más.

- ¿Dónde viven? Nunca he visto ninguno.

- Eres joven. Tienes aún mucho que ver, mucho que aprender.

- ¿Dónde viven?

- Allá abajo, tras las montañas, más allá de las profundidades de los mares muertos, más allá del horizonte, al norte, en las cavernas, muy por debajo del suelo.

- ¿Por qué?

- ¿Por qué? Bueno, es difícil de explicar. Hubo un tiempo en que fueron una raza notable. Pero les ocurrió algo, se volvieron híbridos. Ahora son tan sólo criaturas sin inteligencia, bestias crueles.

- ¿Es cierto que Marte es propiedad de la Tierra? - Los ojos del muchacho estaban clavados en el planeta que relucía sobre sus cabezas, el lejano planeta verde.

- Sí, todo Marte le pertenece. La Tierra tiene aquí tres ciudades, cada una de las cuales cuenta con mil habitantes. La más cercana está a dos kilómetros de aquí, siguiendo la carretera, un conjunto de pequeñas casas metálicas en forma de burbuja. Los hombres de la Tierra se desplazan entre las casas como si fueran hormigas, encerrados en sus escafandras espaciales. Son mineros. Abren con sus grandes máquinas las entrañas de nuestro planeta para extraer la sangre preciosa de nuestra vida de las venas minerales.

- ¿Y eso es todo?

- Eso es todo - el viejo agitó tristemente la cabeza -. Ni cultura, ni arte, sólo los terrestres ávidos y desesperados.

- Y las otras dos ciudades... dónde están?

- Hay una a ocho kilómetros de aquí, siguiendo la misma carretera. La tercera está mucho más lejos, a unos ochocientos kilómetros.

- Me siento feliz viviendo aquí contigo, los dos solos - la cabeza del muchacho estaba inclinada, como si se estuviera adormeciendo -. No me gustan los hombres de la Tierra. Son unos expoliadores.

- Siempre lo han sido - dijo el viejo -. Pero algún día hallarán su castigo. Han blasfemado demasiado, es un hecho. No pueden poseer los planetas como ellos lo hacen y esperar sacar tan sólo un avaricioso provecho para sus cuerpos blandos y lentos. Un día... - su voz se elevó de tono, al ritmo de la música salvaje del flautista.

Una música que se hacía cada vez más feroz, más demente, una música estremecedora. Una música que recordaba la salvaje naturaleza de la vida, que llamaba a realizar el destino del hombre.

Flautista de loca mirada, desde tu colina,

tú que cantas y te lamentas:

¡Llama a los seres salvajes a su venganza,

bajo las lunas de Marte agonizante!

- ¿Qué es esto? - preguntó el muchacho.

- Un poema - dijo el viejo -. Un poema que escribí hace pocos días. Presiento que muy pronto va a ocurrir algo. La canción del flautista se hace cada noche más insistente. Al principio, hace veinte años, tan sólo tocaba unas pocas noches al año, pero ahora, desde hace casi tres años, toca hasta el amanecer durante todas las noches del otoño.

- «Llama a los seres salvajes...» - el muchacho se envaró. - ¿Qué salvajes?

- ¡Ahí! ¡mira!

A lo largo de las dunas relucientes bajo las estrellas, un enorme y compacto grupo de negras formas avanzaba murmurando. La música era cada vez más intensa.

¡Flautista, vuelve a tocar!

Entonces el flautista tocó,

y las lágrimas acudieron a mis ojos.

- ¿Es también el mismo poema? - preguntó el muchacho.

- No... Es un viejo poema de la Tierra, de hace más de setenta años. Lo aprendí en la escuela.

- La música es extraña - los ojos del muchacho brillaban -. Despierta algo dentro de mí. Me incita a la cólera. ¿Por qué?

- Porque es una música que tiene una finalidad.

- ¿Cuál?

- Lo sabremos al amanecer. La música es el lenguaje de todas las cosas... inteligentes o no, salvajes o civilizadas. El flautista conoce su música como un dios conoce su cielo. Ha necesitado veinte años para componer su himno de acción y de odio, y ahora por fin, esta noche quizá, va a llegar el final. Al principio, hace muchos años, cuando tocaba, no recibía ninguna respuesta de los del subsuelo, tan sólo un murmullo de voces sin sentido. Hace cinco años, consiguió atraer las voces y las criaturas de sus cavernas hasta las cimas de las montañas. Esta noche, por primera vez, la horda negra va a extenderse por las planicies hasta nuestra cabaña, hasta las carreteras, hasta las ciudades de los hombres.

La música gritaba más alto, más aprisa, enviaba locamente al aire nocturno choque macabro tras choque macabro, haciendo que las estrellas se estremecieran en sus inmutables posiciones. El flautista se envaraba en la colina, con su altura de dos metros o más, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, con su delgada silueta envuelta en ropas de color marrón. La masa negra en la montaña descendía como los tentáculos de una ameba, contrayéndose, distendiéndose, entre susurros y murmullos.

- Ve al interior - dijo el viejo -. Eres joven, debes vivir para la multiplicación del nuevo Marte. Esta noche marca el fin del antiguo, mañana el comienzo del nuevo. Esta es la muerte para los hombres de la Tierra. - Y luego, más alto, cada vez más alto -: ¡La muerte! Acuden para aplastar a los terrestres, para arrasar sus ciudades, para tomar sus cohetes. Y entonces, en las naves de los hombres... ¡en ruta hacia la Tierra! ¡Revolución! ¡Venganza! ¡Una nueva civilización! ¡Los monstruos reemplazarán a los hombres, y la avidez humana desaparecerá con su muerte! - Y más agudo, más rápido, más alto, con un ritmo demencial -: El flautista... el Cerebro... el que ha sabido esperar noche tras noche durante tantos años. ¡Volverá a Venus para restablecer su civilización en toda su glorias ¡El regreso del arte entre los seres vivos!

- Pero se trata de salvajes - protestó el muchacho -, de marcianos impuros.

- Los hombres son salvajes - dijo el viejo, temblorosamente -. Siento vergüenza de ser un hombre. Sí, esas criaturas son salvajes, pero aprenderán gracias a la música. La música bajo tantos aspectos, música para la paz, música para el amor, música para el odio y música para la muerte. El flautista y su horda organizarán un nuevo cosmos. ¡Es inmortal!

Ahora, la primera oleada de cosas negras que recordaban seres humanos se apretujaba murmurando en la carretera.

El aire estaba lleno de un olor insólito, agrio. El flautista descendía de su colina, avanzaba hacia la carretera, hacia el asfalto, hacia la ciudad.

- ¡Flautista, vuelve a tocar! - gritó el viejo -. ¡Ve y mata, para que yo viva de nuevo! ¡Tráenos el amor y el arte! ¡Flautista, toca, toca, toca! ¡Estoy llorando! - Y luego -: ¡Escóndete, muchacho, escóndete aprisa! ¡Antes de que lleguen!

- ¡Apresúrate!

Y el muchacho, sollozando inconteniblemente, corrió a la pequeña cabaña y permaneció oculto allí toda la noche.

Agitándose, saltando, corriendo y gritando, la nueva humanidad avanzaba al asalto de las ciudades, de los cohetes, de las minas del hombre. El canto del flautista. Las estrellas se estremecían. Los vientos sé detenían. Los pájaros nocturnos no cantaban. Los ecos no repetían más que las voces de aquellos que avanzaban, llevando consigo una nueva comprensión. El viejo, arrastrado por el maelstrón de ébano, se sintió llevado, barrido, sin dejar de gritar. En la carretera, formando aterradores tropeles surgidos de las colinas, vomitados por las cavernas, avanzaban como las garras de terribles bestias gigantescas, arrasándolo todo y vertiéndose hacia las ciudades de los hombres. ¡Suspiros, saltos, voces, destrucción!

¡Cohetes zigzagueando en el cielo!

Armas. Muerte.

Y finalmente, en el pálido grisor del alba, el recuerdo, el eco de la voz del viejo. Y el muchacho se despertó para iniciar un nuevo mundo en una nueva compañía.

La voz del viejo le llegó como un eco:

- Flautista, vuelve a tocar! Entonces el flautista tocó, ¡y las lágrimas acudieron a mis ojos!

Era el amanecer de un nuevo día.

FIN