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lunes, 18 de agosto de 2008

En verdad os digo-Juan José Arreola

EN VERDAD OS DIGO

Juan José Arreola

Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus.

Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus investigaciones actuales a un fin caritativo y radicalmente humanitario: la salvación del alma de los ricos.

Propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin tocarla, una gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo permite la discreción de la materia, la energía cuántica que dispara una pezuña de camello. Nos parece inútil abrumar aquí al lector con esa cifra astronómica.

La única dificultad seria en que tropieza el profesor Niklaus es la carencia de una planta atómica propia. Tales instalaciones, extensas como ciudades, son increíblemente caras. Pero un comité especial se ocupa ya en solventar el problema económico mediante una colecta universal. Las primeras aportaciones, todavía un poco tímidas, sirven para costear la edición de millares de folletos, bonos y prospectos explicativos, así como para asegurar al profesor Niklaus el modesto salario que le permite proseguir sus cálculos e investigaciones teóricas, en tanto se edifican los inmensos laboratorios.

En la hora presente, el comité sólo cuenta con el camello y la aguja. Como las sociedades protectoras de animales aprueban el proyecto, que es inofensivo y hasta saludable para cualquier camello (Niklaus habla de una probable regeneración de todas las células), los parques zoológicos del país han ofrecido una verdadera caravana. Nueva York no ha vacilado en exponer su famosísimo dromedario blanco.

Por lo que toca a la aguja, Arpad Niklaus se muestra muy orgulloso, y la considera piedra angular de la experiencia. No es una aguja cualquiera, sino un maravilloso objeto dado a luz por su laborioso talento. A primera vista podría ser confundida con una aguja común y corriente. La señora Niklaus, dando muestra de fino humor, se complace en zurcir con ella la ropa de su marido. Pero su valor es infinito. Está hecha de un portentoso metal todavía no clasificado, cuyo símbolo químico, apenas insinuado por Niklaus, parece dar a entender que se trata de un cuerpo compuesto exclusivamente de isótopos de níkel. Esta sustancia misteriosa ha dado mucho que pensar a los hombres de ciencia. No ha faltado quien sostenga la hipótesis risible de un osmio sintético o de un molibdeno aberrante, o quien se atreva a proclamar públicamente las palabras de un profesor envidioso que aseguró haber reconocido el metal de Niklaus bajo la forma de pequeñísimos grumos cristalinos enquistados en densas masas de siderita. Lo que se sabe a ciencia cierta es que la aguja de Niklaus puede resistir la fricción de un chorro de electrones a velocidad ultracósmica. En una de esas explicaciones tan gratas a los abstrusos matemáticos, el profesor Niklaus compara el camello en su tránsito con un hilo de araña. Nos dice que si aprovechamos ese hilo para tejer una tela, nos haría falta todo el espacio sideral para extenderla, y que las estrellas visibles e invisibles quedarían allí prendidas como briznas de rocío. La madeja en cuestión mide millones de años luz, y Niklaus ofrece devanarla en unos tres quintos de segundo.

Como puede verse, el proyecto es del todo viable y hasta diríamos que peca de científico. Cuenta ya con la simpatía y el apoyo moral (todavía no confirmado oficialmente) de la Liga Interplanetaria que preside en Londres el eminente Olaf Stapledon.

En vista de la natural expectación y ansiedad que ha provocado en todas partes la oferta de Niklaus, el comité manifiesta un especial interés llamando la atención de todos los poderosos de la tierra, a fin de que no se dejen sorprender por los charlatanes que están pasando camellos muertos a través de sutiles orificios. Estos individuos, que no titubean al llamarse hombres de ciencia, son simples estafadores a caza de esperanzados incautos. Proceden de un modo sumamente vulgar, disolviendo el camello en soluciones cada vez más ligeras de ácido sulfúrico. Luego destilan el líquido por el ojo de la aguja, mediante una clepsidra de vapor, y creen haber realizado el milagro. Como puede verse, el experimento es inútil y de nada sirve financiarlo. El camello debe estar vivo antes y después del imposible traslado.

En vez de derretir toneladas de cirios y de gastar el dinero en indescifrables obras de caridad, las personas interesadas en la vida eterna que posean un capital estorboso, deben patrocinar la desintegración del camello, que es científica, vistosa y en último término lucrativa. Hablar de generosidad en un caso semejante resulta del todo innecesario. Hay que cerrar los ojos y abrir la bolsa con amplitud, a sabiendas de que todos los gastos serán cubiertos a prorrata. El premio será igual para todos los contribuyentes: lo que urge es aproximar lo más que sea posible la fecha de entrega.

El monto del capital necesario no podrá ser conocido hasta el imprevisible final, y el profesor Niklaus, con toda honestidad, se niega a trabajar con un presupuesto que no sea fundamentalmente elástico. Los suscriptores deben cubrir con paciencia y durante años sus cuotas de inversión. Hay necesidad de contratar millares de técnicos, gerentes y obreros. Deben fundarse subcomités regionales y nacionales. Y el estatuto de un colegio de sucesores del profesor Niklaus, no tan sólo debe ser previsto, sino presupuesto en detalle, ya que la tentativa puede extenderse razonablemente durante varias generaciones. A este respecto no está por demás señalar la edad provecta del sabio Niklaus.

Como todos los propósitos humanos, el experimento Niklaus ofrece dos probables resultados: el fracaso y el éxito. Además de simplificar el problema de la salvación personal el éxito de Niklaus convertirá a los empresarios de tan mística experiencia en accionistas de una fabulosa compañía de transportes. Será muy fácil desarrollar la desintegración de los seres humanos de un modo práctico y económico. Los hombres del mañana viajarán a través de grandes distancias, en un instante y sin peligro, disueltos en ráfagas electrónicas.

Pero la posibilidad de un fracaso es todavía más halagadora. Si Arpad Niklaus es un fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una estirpe de impostores, su obra humanitaria no hará sino aumentar en grandeza, como una progresión geométrica, o como el tejido de pollo cultivado por Carrel. Nada impedirá que pase a la historia como el glorioso fundador de la desintegración universal de capitales. Y los ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras inversiones, entrarán fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha (el ojo de la aguja), aunque el camello no pase.

FIN

Tomado de: Confabulario

martes, 12 de febrero de 2008

Un inesperado visitante-Angel Arango-Cuba

UN INESPERADO VISITANTE

Angel Arango

Antes de saltar hizo una última señal.

Descendió a través del espacio haciendo el cuerpo más ligero que una pluma, la mente vacía de pensamientos, la sangre detenida, los nervios abiertos dentro de los músculos como las costuras de un paracaídas.

Sin ropa ni equipos, porque la materia de esas cosas no obedecía a su voluntad como la carne.

Desnudo.

Era fácil. Se inhibía de la fuerza de gravedad y dejaba de ser su conductor. Apenas permitía que se hiciese sentir el peso de la piel, apretada en derredor como una coraza para protegerlo del frío.

Al llegar a la superficie del agua, el cuerpo tomó por sí mismo la posición vertical y se orientó a tierra.

Estaba salvado.

La única herida que se había hecho al deshacerse rápidamente de la nave le sangraba, pero no ofrecía peligro, porque a él la sangre se le regeneraba al contacto del oxígeno y dentro de las venas. Era extraordinariamente alto y hermoso, y sus ojos de un color azul marino fulguraban con brillo metálico, y eran penetrantes como los rayos del sol del mediodía.

Aún no tenía barba, porque hacía pocos días que se había afeitado.

- Mi nave habrá caído en el océano - se dijo.

Y echó a caminar por aquel mundo desconocido adonde no había intentado nunca venir y que por un accidente se convertía en su destino.

Comenzó a andar en dirección a los árboles que se estremecían bajo la brisa que soplaba procedente del mar próximo.

Pronto divisó a un grupo de nativos que se dirigía al río y vio cómo vestían. Oculto, logró oír parte de las conversaciones y puso a trabajar su voluntad para que el cerebro funcionase a toda capacidad y le diese el significado de las palabras.

Los siguió. Uno a uno fueron metiéndose en las aguas y se bañaron con alegría.

- Debo acercarme.

Fue hacia donde estaban y entró también en el agua. Uno que parecía dirigir el grupo se le aproximó e hizo una extraña reverencia. El abrió sus brazos, como era costumbre saludar en su planeta.

- Bienvenido - dijo el otro.

- No entiendo nada - respondió el extranjero en su lengua.

El que dirigía el grupo comprobó cuán alto era.

- No eres como nosotros - dijo -. ¿De dónde vienes?

El cerebro le trabajaba febrilmente; las palabras iban y venían por sus conductos nerviosos y se revolvían en una confrontación interminable. No sabía qué responder aún y sin embargo, sentía que las palabras últimas eran mucho más fáciles, casi las tenía en su repertorio. De pronto, sin saber cómo, dio la respuesta señalando el punto del océano espacial por donde habla llegado.

Su cerebro, obediente, eficaz, bien alimentado, había encontrado el significado preciso de las primeras palabras. Comenzaba a formar su vocabulario y ahora tendría que aprender a utilizarlo.

- De...

Y su mano volvió a extenderse para señalar el lugar del cielo. El grupo lo contempló en silencio. Quizá no comprendían su respuesta. Quizá no podían imaginarla tan siquiera. Les pidió ropa prestada y se la dieron. Luego se sentó con ellos y conversaron. Ellos hablaban y él contestaba aún con monosílabos. Supo que había allí otros hombres que vestían de hierro y atravesaban a los nativos con sus lanzas.

«Debo permanecer vivo hasta que llegue mi grupo de rescate», se dijo y fue a refugiarse en el desierto, donde podría soportar hasta seis meses sin comer ni beber, gracias a la energía de reserva que tenía acumulada.

El desierto era silencioso y aburrido. Casi como el espacio interplanetario; mirar las dunas era igual que contemplar los caprichosos diseños de las constelaciones. Durante la noche, cuando las formas de la arena se perdían en la gran oscuridad y el único paisaje eran las estrellas, se sentía adolorido y angustiado, porque era terrible verse prisionero de una tierra extraña y ser incapaz de alterar el espectáculo de aquellos puntos fijos. No era como cuando dentro de su nave podía trazar un curso y cambiar el panorama y aproximarse o alejarse de los distintos mundos.

- Terminaré por volverme loco - gritó al mes y se fue hacia la costa, donde encontró una familia de pescadores con los cuales hizo amistad y aprendió a hablar perfectamente el idioma. Luego se embarcó con los pescadores para recuperar el equipo de señales. Descendió a las aguas y recorrió a pie el fondo del mar. Fue inútil. Entonces emitió una señal telepática debajo del agua y ésta atrajo a los peces, que llenaron las redes. Volvió a la superficie, desplazó la atmósfera e hizo en torno suyo el vacío. Por su cuerpo no corría la fuerza de la gravedad: era como un muerto inmóvil y se deslizó así sobre las aguas, erguido sobre sus pies que descansaban en una delgada capa de aire sobre la superficie del mar.

Los marineros que le vieron tenían unas terribles caras de asombro y comprendió que había ido demasiado lejos. Aquel mundo, o aquel lugar del mundo que visitaba, estaba demasiado atrasado.

«Comenzarán a hablar de mí y no me conviene». Se lo dijo a los pescadores:

- No es nada. No lo digan a nadie.

Los pescadores fueron honrados. No dijeron absolutamente nada, pero le trajeron a un amigo ciego para que él lo viese y procurase ayudarlo.

- Por piedad.

Era una voz conmovedora. El hombre estaba con los párpados cerrados y solamente repetía aquello con convicción definitiva.

- Por piedad, por piedad...

- Puedo usar mi voz - pensó - y hacer que rompa el sello que quema su mirada. Pero mí energía está limitada y la que recibo de este mundo es pobre y no puede recompensarme. Mi poder, mi poder debe durarme...

Sin embargo, el hombre ciego permanecía frente a él, y era algo que no podía soportar porque en su mundo no existían esos males.

- Te ayudaré... Acuéstate...

El ciego obedeció y él cubrió sus ojos. Volvió a decirle las mismas palabras varias veces. La vibración de su voz destruyó el virus. Hasta que el otro despertó y vio la luz.

Leyendas e historias fueron tejiéndose en tomo a él y la vida de aquellos hombres se fue cerrando alrededor de la suya, a pesar suyo.

Llamaba la atención por su estatura y por lo fuerte de su mirada y tenía ahora una larga y suave barba y cabellos que le cubrían la nuca. Su presencia era conocida rápidamente y el pueblo se le acercaba y lo rodeaba.

- Extraño pueblo que no conoce el amor y vive siempre alucinado... Extraño pueblo que no conoce el amor.

Le seguían a todas partes y le escuchaban y le observaban; había comenzado a formar parte de la vida de las gentes.

Probó sus poderes. El poder de la mirada, la fuerza de la mirada.

Saludaba abriendo los brazos.

- Lo que llaman riqueza no vale nada en mi país - decía -. El amor es lo importante.

Las mujeres le seguían, pero él sabía que no podía prodigarse porque sus energías se reducían más y más.

- Es un hombre encantador...

- Lo que ocurre es que no nos mira, por eso le amamos.

- Pero estaría dispuesta a seguirlo siempre.

- Dice cosas tan nuevas. Todavía no sé de qué habla, pero hay sentido en su persona.

- Es como si viniera de algún lugar lejano y limpio donde los hombres fuesen más fuertes y seguros y no necesitaran bañarse como aquí.

- El probó sus poderes. El poder de la mirada, la fuerza de la mirada.

- Mi poder, mi poder...

Se le despertó una profunda compasión por aquel pueblo tan necesitado de creer y de amar, a pesar de todo. Y aunque no dejaba de preocuparle el saber que estaba lejos de su mundo «Mi señal perdida y yo sin respuesta» hizo cuanto pudo por ayudar a mejorar la vida y la existencia de los hombres y mujeres que con tanta pasión se le aproximaban. Comenzó a explicarles cosas y lo hizo en forma atractiva, presentándolo como dicho anteriormente por algún personaje histórico que ellos respetasen o como un mensaje nuevo transmitido a través de él. Porque el engaño era necesario.

Habló en metáfora, lo que sirvió para causar una gran impresión a su auditorio y también para que posteriormente fuesen confundidas sus palabras.

- No debo alejarme nunca de los que me siguen. El día que lo haga, los opresores de este país me destruirán y habrá cesado mi última esperanza de ser rescatado. Sé que mi poder no durará siempre...

A pesar de ello, le inquietaba el hambre entre las gentes y sus enfermedades. Y utilizó la frecuencia de las vibraciones de su voz para curar y decidió alimentar a los miles de hombres que pasaban hambre.

- Eso no se conoce en mi mundo. Extraños y pobres seres.

Dejó escapar lentamente la energía que llevaba concentrada en su mente y multiplicó los alimentos terrestres por procesos reproductivos acelerados.

- Aunque yo termine no siendo más que uno de ellos.

Pero había roto la cadena de la historia.

Los soldados no fueron quienes dieron el primer paso para destruirlo. Fueron los comerciantes que vendían la comida.

- Ese hombre debe desaparecer. Nos arruina.

- Que muera. Que muera de una pedrada certera.

Cuando se dispuso a levantar la piedra, el extranjero, que presintió la agresión, se volvió hacia los tableros de mercancías y los volcó sobre el piso. E inmediatamente el pueblo repitió la acción con todos los demás tableros.

Cada minuto que pasa las cosas crecen y se vuelven importantes.

Un silencio penetró los corazones, y hombres y mujeres se postraron ante él. Estaba erguido, él solo, como un rey, en medio de la multitud. El solo, alto y extraordinario, con sus ojos de mirada poderosa, que nadie podía rechazar.

La cena fue una sesión científica. En ella quiso explicar que la materia se adapta a distintos procesos evolutivos, a distintos niveles biofísicos.

- Todo esto no es más que nosotros mismos - dijo poniendo las manos sobre los alimentos -. Yo puedo volver a ser esta materia y ella puede convertirse en persona. La vida no debe perderse más que para cambiar de cuerpo, de medio. Ustedes mueren porque no han aprendido a querer vivir; no quieren vivir más porque sus facultades son poco evolucionadas y le dan una visión estrecha del mundo. Si pudieran disfrutarlo, entonces desearían renovarse eternamente...

Uno le preguntó cómo había logrado revivir a un muerto.

- Mi voz destruyó los gérmenes, repuso el movimiento y rehabilitó la materia. Mi palabra es natural y, sin embargo, da las vibraciones necesarias.

Los soldados marchaban por la carretera de cuatro en fondo. Cantaban un himno. Un hombre saltó al camino y les hizo señas. El grupo se detuvo a las órdenes que impartió el oficial. Este se adelantó al hombre y le preguntó:

- ¿Es usted?

- Sí - respondió el otro temblorosamente.

- Bien; díganos dónde está.

El hombre apretó sus manos con nerviosismo y le susurró al oficial:

- Es el más alto. Tiene los ojos azules y brillantes.

El oficial desplazó a sus hombres y éstos avanzaron en escuadra desplegada sobre el campo para cerrarse alrededor del punto señalado.

Poco después rodeaban al extranjero y el oficial le preguntó:

- ¿Quién eres?

- Yo soy el hijo de un hombre - respondió el extranjero.

- ¡Llévenselo! - dijo el oficial. E hizo señas de que le atasen las manos. Por un instante, el hombre que quería aprovechar el tiempo que vivía fuera de su tiempo para ayudar a un pueblo mucho más atrasado que el suyo contempló el pedazo de soga colgando de las manos del legionario. Por un instante pensó que podría deshacerse de todos ellos con el resto de fuerza que aún le quedaba de reserva. Pero entonces comprendió también que de nada serviría, pues había hecho allí más de lo que podía y nadie le conocía verdaderamente ni sabía quién era. No ganaría ahorrando unas horas más de vida. Su poder se había consumido ayudando al pueblo sometido, multiplicando el alimento, rehabilitando a los enfermos. Tarde o temprano terminaría agotándose. Estaba desarraigado, fuera de los cielos que había surcado a velocidades increíbles, cansado de esperar el resultado de una señal hecha con demasiada precipitación. Una señal demasiado pequeña para un universo tan grande.

Extendió ambas manos y el soldado se las amarró.

Cuando llegaron a la ciudad comenzaron los interrogatorios. Aparecieron muchas personas que decían conocerle y que le atribuyeron frases y hechos. Luego le quisieron hacer confesar cosas que desconocía e insistían una y mil veces en averiguar de quién era hijo.

- ¿Eres príncipe? ¿Eres rey?

- Yo sólo soy el hijo de un hombre - volvió a repetir y entonces, sorpresivamente, le escupieron el rostro y le entraron a golpes y garrotazos.

Era la primera agresión física. Quiso romper sus ataduras y pensó en ellas, únicamente en ellas, a pesar de todo lo que le rodeaba. Se concentró totalmente. Pero las ligaduras no cedieron; estaba perdido, sus últimas fuerzas superiores le habían abandonado. Era un hombre indefenso como los demás, como los habitantes de aquel pueblo sometido.

- Tú eres un conspirador - gritó un viejo histérico al que secundaba todo el Consejo de Ancianos -; te vamos a entregar al ejército...

Y así fue.

Le llevaron ante un militar vestido de hierro como los demás, pero que se envolvía en una capa roja.

Antes de llegar a él tuvo que cruzar entre dos filas de hombres con estandartes. Miró a lado y lado y vio cómo, con el furor de su mirada, los estandartes se abatieron.

- Aún me queda energía.

Volvió a intentar romper las ligaduras. Pero nada, sólo los estandartes se abatían; su última energía los hacía extraordinariamente pesados en las manos de los soldados.

- ¿Quién eres? - preguntó el oficial.

El extranjero miró dudosamente al jefe de los soldados.

- Yo soy un hombre de...

El comandante le interrumpió:

- ¿Eres tú Cristo?

- Ese nombre me das - dijo el prisionero y pensó que si hubiera tenido allí su identificación se la habría mostrado con gusto al oficial.

- ¿Tú eres el rey de esta gente?

- No entiendo lo que dices - respondió el extranjero -. Yo no soy de aquí.

- Tu reino entonces no es éste.

Se volvió a la multitud y les dijo que el hombre alto era inocente del cargo de conspiración.

Pero en primera fila delante de la multitud estaban los comerciantes de quienes el extranjero se había defendido. Y éstos comenzaron a dar gritos de:

- ¡Muerte! ¡Muerte!

Y la palabra asustó al gobernador, que lo entregó a la tropa.

Los soldados se lo llevaron a un sótano donde lo patearon, lo golpearon y, por último, lo amarraron a una silla llenándolo de símbolos extraños como si fuese un espantapájaros.

De allí lo sacaron poco después a la calle y le colocaron una enorme cruz de madera de cedro sobre las espaldas. El hombre sostuvo el peso cuanto pudo, mientras le hacían marchar hacia un monte próximo conocido por «el lugar de la Calavera». A latigazos y lanzazos, como hacían con aquel pueblo sometido, el inesperado visitante fue arrastrándose.

Legó al monte y lo alzaron en la cruz.

Había otros dos ajusticiados a su lado, pero él se veía mucho más grande.

- Quizás hubiera tenido más suerte en la forma de morir, si no hubiera sido por esta costumbre de abrir los brazos...

Uno de los soldados le oyó hablar y le clavó su lanza.

Se relajó definitivamente para no sufrir.

Pero aunque lo consideraron muerto, su corazón latía aún a un ritmo imperceptible para el hombre de la Tierra.

Lo descendieron y lo introdujeron en un sepulcro.

Era mucho más corto de estatura que cuando había descendido del espacio.

Los soldados custodiaron el sepulcro por temor a que algunos curiosos del pueblo pudieran sustraer el cadáver.

La oscuridad vino sobre el mundo. El sol se escondió y el cielo apareció oscuro aun siendo de día. Se vieron las estrellas. La luna, que era como sangre, no brilló en toda la noche.

La patrulla de rescate había hecho dos o tres disparos de efecto sobre la tierra y los edificios. En el cementerio se abrieron las fosas de los muertos. Mientras la nave se mantenía en el aire, próxima a la superficie de la tierra, creando un cielo de tormenta con todos sus reflectores encendidos, dos de los hombres se aproximaron al sepulcro ante el espanto de la guardia. Eran altos y de vistosos uniformes y con facilidad retiraron la piedra que cubría la tumba.

El extranjero torturado se levantó y, caminando por sus propios pasos, fue a reunirse con los dos hombres.

- Vámonos - dijo.

Y desaparecieron en el cielo.

Luego, el pueblo comenzó a contar la historia con grande emoción. Los detractores la deformaron y los admiradores también. Los escritores tomaron todas estas deformaciones e hicieron la obra literaria. Cada cual habló lo que quiso y la humanidad continuó repitiéndolo y sigue en ello. Aún hoy en el año 3.000.

FIN

miércoles, 6 de febrero de 2008

Rocky Lunario-René Rebetez-Colombia

rené rebetez

ROCKY LUNARIO

"Ay destructores de los muros

de vuestra casa, que en un amargo

reinar teníais puestos los ojos,"

Esquilo

Rocky Lunario estaba impaciente porque su provisión de chicle se había terminado.

Se agachó, recogió un puñado de luna-luna blanca, como cal muy fina y lo arrojó lejos de sí. Hizo una nubécula a medio metro de altura y luego cayó oblicuamente, muy despacio.

Miró allá arriba la Tierra llena, y su depósito de oxígeno, se llenó de nostalgia al presentir los lugares más queridos que albergaba su detector de recuerdos; la vieja Sicilia de sus abuelos, y el Drugstore del Brooklin nativo. Su mirada se apartó con dificultad del planeta y escrutó luego el inmenso espacio negro-azul hasta detenerse en la galaxia C-419 que parecía un inmenso helado de crema –casi al alcance de su mano– tan apetitoso como los que preparaba el viejo Buck.

Nuevamente la nostalgia se puso a hacer burbujas en el oxigeno y, de nueva cuenta, como le ocurría desde un año para acá, echó rabiosamente de menos la alberca y el sol, y los largos muslos de las bañistas en el Prívate Club de Port Lauderdale, Florida, a donde solía escaparse cada vez que le daban un respiro en el entrenamiento, los lanzacohetes de la base. Después de muchos ensayos infructuosos la cosa había resultado y los relevos comenzaron inmediatamente. Cada hombre debía permanecer un año en la base lunar, y cuando llegó su turno ya estaban listas todas las instalaciones para descubrir satélites extraños, explosiones atómicas en el ámbito terrestre, interceptores de cohetes piratas y el gigantesco lanzabombas, que debía estar siempre listo para entrar en acción, y que había garantizado la primacía total. Los robots mineros extraían material radiactivo que se enviaba a la Tierra, para regresar al poco tiempo embutido en las espoletas de las relucientes bombas que se apiñaban en los 126 silos atómicos especialmente concebidos para el caso.

Sus deberes consistían primordialmente en pasar revista al inmenso tablero de control lunar, que daba los datos exactos sobre el funcionamiento de toda la instalación automática, y sobre el rendimiento de mineral durante la jornada de trabajo. Enviaba muestras de minerales desconocidos y fotografías telescópicas para estudiar la composición de planetas distantes y estrellas desconocidas, siguiendo siempre un riguroso orden alfabético.

Realmente se podía estar orgulloso de aquella gigantesca empresa que podía ser manejada por un solo hombre con el mínimo esfuerzo y el máximo de rendimiento; sin embargo, recordaba cómo fueron de incomparablemente más divertidos aquellos meses en la zona del canal, y las escapadas a los bares de la zona roja, rebosantes de mujercitas morenas de a dos dólares.

En la Luna, nada de eso. En la luna, sólo el pasearse por las explanadas de talco, o asomar la cabeza por los inmensos cráteres, como un ratón perdido en un inmenso queso gruyere. La lucha entre Rocky Lunario y el hastío no era nueva, sin embargo.

Había comenzado al mismo tiempo que él y desde niño la angustia que se le había aparecido muchas veces, siempre inopinadamente, al cruzar una esquina, o al terminar un partido de béisbol. Una ira desazonada se apoderaba de él, y tenía necesaria, imprescindiblemente, que dar un puntapié a una lata de conservas, romper una vidriera o un espejo, morder el labio inferior de la muchacha más cercana, o irse a ochenta millas por hora, en sentido contrario, por la autopista de Key West.

Luego siempre volvía la paz, escanciada en un dry martini, al borde de la alberca, en el Prívate Club.

Ahora, en aquel estúpido satélite, ni siquiera podía tranquilizarse un poco mascando con furia un chicle de menta.

Encaminó su pasos, extrañamente ágiles bajo la envoltura de oso polar, hacia el ciclotrón que parecía una inmensa clepsidra tendida en el mar de polvo blanquecino. También podría haber sido una caja de guitarra o un gigantesco torso femenino mutilado. De su interior se escapaba el ronroneo de los átomos dispersos y el sibilar de las partículas alfa que los desintegraba. Un sonido monótono y familiar aquél, que recordaba al conjunto de jazz de W. Fisher.

Ahogó un bostezo con la palma del guante, dobló por el recodo antes de llegar al ciclotrón y tomó el camino que lo llevaba al edificio blanco. Al pasar por ahí, muchas veces se había dicho que ésta sería la calle central cuando llegaran los civiles. Se la imaginaba rebosante de gente, con los borrachos de narices rojas saliendo de los bares y cantinas, bajo la magia de los anuncios de neón. Por ahora no había otra cosa que el edificio blanco. De apariencia inofensiva, casi insignificante, la construcción se erguía a cincuenta metros de allí como una pequeña prisión coronada Por una cápsula semejante a las que tienen los observatorios en las ciudades de provincia.

Al llegar frente a la estrecha puerta de metal, accionó con soltura el mecanismo disimulado que, al mismo tiempo que desconectaba el sistema automático de defensa, abría la puerta blindada de esteatita. Pasó por el estrecho vestíbulo y subió a grandes brincos deportivos la escalera de caracol, hasta llegar al control de mando.

Las relucientes palancas de metal y los taburetes giratorios hacían del recinto algo tan familiar como una fuente de sodas.

Se acomodó en el sillón central y se quitó los guantes y la escafandra, ya que allí había un ambiente similar a las condiciones de vida terrenal. Respiró con fruición, se pasó la mano por el rubio cabello húmedo de sudor y enfocó la mira macroscópica hacia la Tierra. Primero, como lo hacía todos los días, recorrió las líneas sinuosas de los continentes y las brillantes planicies de los mares, para accionar luego el sistema de acercamiento que le permitía planear sobre ciudades y pueblos como si estuviese a bordo de un avión corriente. Sus dedos tamborilearon sobre las tres teclas del tablero de mando, que accionaban el lanzamiento de los proyectiles.

Al apretar la tecla central –la de potencia máxima– quedó asombrado al no escuchar ningún ruido. Dos segundos más tarde vio elevarse al silencioso cohete.

Tardaría doce horas en llegar.

Del bolsillo trasero del pantalón sacó el cuaderno de tiras cómicas; se echó hacia atrás en el asiento, puso los pies sobre el tablero de control y se dispuso a esperar el momento en que la Tierra sería borrada del firmamento.

sábado, 2 de febrero de 2008

El niño y la máquina-Antonio Olinto-Brasil

Antonio Olinto

EL NIÑO Y LA MAQUINA

Los instrumentos parecían esperar. El niño tropezó con una llave hendida, la probó con seguridad. Como si hiciese aquello desde hacía muchos años. Halló en el gesto maneras acostumbradas, se encontró. Miró un momento hacia afuera y una gaviota se cernió, inmóvil, contra la lontananza, después se zambulló. No quería salir ahora, iba a perder tiempo en la plaza. Tiró un cable del lado izquierdo, lo conectó con otro, lo arrolló en el toma. Todo siguió igual. Debía estar equivocado. El niño sabía que, en algún punto de la maraña de cables, botones, bielas y correas, yacía la respuesta. No es que hiciese cuestión de resolver la cosa de apuro, pero le parecía bien prepararse para el momento. Vio cuando la madre llegó a la puerta –"Ven a almorzar, Roberto"– y sintió pena de dejar el cuarto. Ella continuó:

–¿Qué es lo que estás haciendo hoy?

La voz del niño era casi inaudible:

–Todavía no lo sé.

La madre estudió algún tiempo el rostro de él, tranquilo, pensó que nunca iba a entender a aquel niño, siempre metido en el cuarto, dando vueltas con tornillos y aparatos, leyendo libros con figuras de máquinas y dibujos de electricidad. Repitió:

–Ven a almorzar.

El se levantó con calma, fue a lavarse las manos, y aquel cable no era el que debía haber conectado, sino el otro, el que salía directo de la panza del aparato, después iría a ver aquello con tiempo, cuando llegó al lado de la mesa ya el padre, el hermano y la hermana comenzaban a comer. Sólo la madre esperaba por él:

–¿Quieres bife?

–Sí, quiero.

El gusto lo descansó un poco, y el ruido de platos y cubiertos, de dientes en la comida y de la televisión, la trajo totalmente de vuelta al domingo de sol, con millares de personas colmando Copacabana. El hermano hablaba:

–¿Fluminense o Botafogo?

Y la hermana:

–Fluminense gana. ¿Quieres apostar?

–Para qué. La otra vez, no me pagaste. Roberto miró a su hermana, nariz un poco arremangada, ojos negros y sonrisa siempre a la espera, la niña más alegre de la calle.

El partido había comenzado. En el rectángulo del televisor, los jugadores corrían de un lado a otro, y la pelota saltaba con vida propia. Sólo Garrincha parecía tropezar con ella. Aquello Roberto lo entendía, Garrincha corriendo en un extremo de la tela, obligando a la cámara a moverse más rápida, haciendo caer a otros al suelo, dando un súbito puntapié que nadie esperaba. Se olvidaba del aparato, en la contemplación del hombre que jugaba con simplicidad, que usaba sus instrumentos de fútbol como a él le gustaría saber usar un cepillo. El pueblo gritaba en el estadio, había sol en la tarde afuera y el tiempo, maduro, pendía del techo. Se quedó hasta el final. El partido terminó empatado, pero el recuerdo de los trazos ligeros cortando el visor lo entibiaba como una comida.

Volvió al cuarto y esperó mientras el hermano iba a ver lo que estaba haciendo, miraba las válvulas sueltas en el solario, y la hermana se agachaba para recoger una lámpara roja. Roberto corrió detrás de ella, necesitaba la lámpara.

–¿Para qué?

–Para acabar lo que estoy haciendo.

Consiguió recuperarla, entró de nuevo, se quedó fingiendo que trabajaba hasta que todos se apartaron. Los padres también se acercaron. Con las manos en el bolsillo, el viejo repitió que iba a ser ingeniero de los buenos, la madre quiso decir que ya lo era, se quedó quieta.

Muy lentamente, el niño tomó cuenta de cada pieza de la máquina. Sentado, dispuso todo delante suyo, el martillo pequeño, el alicate, los clavos, los pedazos de material plástico, el caucho, soportes, láminas, dos contrapesos cilíndricos, manivelas. Con tres discos sobre la superficie plana del objeto, intentó un vínculo simple, incompleto, que facilitase el apoyo de una chapa compacta de metal sobre los discos. De lado, le pareció mejor un engaste completo en madera que impidiese cualquier movimiento del asta engastada. Aún no sabía dónde iría a parar aquello. El placer que le venía del contacto de las barras y de las ruedas, de los aceites y de las grasas, de las lámparas y de los pesos, llevaba al niño a prolongar cada fase de la operación. Se demoraba puliendo una extremidad que debería juntarse con otra. A veces pasaba algunos minutos parado, mirando un tornillo o dando vueltas una plaquita de cinc en la mano.

Le pareció que había llegado la hora. Se apoyó en un cable y, sin saber por qué, conectó al aparato con el propio aparato. El lado izquierdo con el derecho. El toma de la pared quedó sin función, Roberto no había acabado de conectar y saltó. Fue como si hubiese sido levantado a través del techo, pasó rápido por la noche, vio las luces de Copacabana, el mar allá lejos, más obscuros los morros perdiéndose abajo. Se encontró sentado de repente, tranquilo, con hombres y mujeres alrededor, gente que no conocía. Como era su costumbre, examinó todo con paciencia. El horizonte, colorido, parecía estar cerca, las personas usaban ropa enteriza, de seda o de cuero, no sabría decir, pero bonita. Esperó.

Un hombre llegó cerca suyo, sonrió:

–Fuiste el primero.

Le pareció que era bueno, sonrió también. El otro continuó:

–Mucha gente estuvo cerca de venir. Con aparatos o con pensamientos, hubo instantes en que tuvimos la certeza de que vendrían. Pero tú fuiste el primero. Aun a último momento, no creí que conectaras la nada con la nada.

El niño no estuvo de acuerdo:

–No, señor. Conecté cable con cable, en el momento que me pareció justo.

Había más gente rodeándolo, quiso saber si podría regresar, pero claro, sólo que tendría tiempo de conocer el lugar en que estaba y contemplar aparatos, objetos, monumentos, construcciones.

–¿No notarán mi ausencia allá en casa?

Pudo ver, con nitidez, el cuarto en que siempre había trabajado y oyó que le decían que el tiempo estaba a su espera, inmutable, hasta el tornillo que había rodado en el momento de la conexión se mantenía en pie, todo esperaba.

Roberto se levantó, caminó sobre el suelo de hojas y entró en el horizonte.

Traducción de Rodolfo Alonso

Ciencia Ficción latina:"Tesis"-José Adolph-Perú-

Comienzo aquí a subir una serie de relatos escritos por autores latinoamericanos.Serán obras escritas en distintas épocas y distintas calidades,solo para tener una idea de lo que fué,es y/o será el movimiento de la literatura fantástica ,con temáticas universales,pero vistos con ojos locales.

Arbitrariamente,como suele suceder en lo que subo arranco con:

Tesis-José Adolph

El profesor Locust tomó asiento frente a Andros y le palmeó cariñosamente el hombro izquierdo.

"Muy bien", dijo. "Infórmeme ahora con exactitud y precisión de su hallazgo".

Andros tomó su libreta de apuntes y echó una mirada a lo anotado.

"En cincuentidós mil ochocientas dos horas universales ingresará el cometa en la esfera de influencia de este sistema. Según la medida cronológica del planeta en cuestión eso significaba 258 días".

Escuchábamos tensos las palabras de Andros. El era el último en terminar su trabajo de investigación. Luego del informe de Andros regresaríamos a entregar nuestras tesis a la Universidad. El doctorado estaba a la vista. Había sido una buena expedición. Mentalmente pasamos revista a cada uno de nuestros trabajos, que a menudo habían sido acompañados de escenas verdaderamente emocionantes. En el fondo Locust estaba satisfecho de nosotros, así como de los resultados de nuestras intervenciones. Andros, su favorito, además de ser el último, por lo visto iba a ser también el único que sería autorizado a tomar medidas personales de intervención. Para algo era el tipo de alumno que lleva frutas al pupitre del profesor.

El planeta en referencia", prosiguió Andros, "pertenece a la clase V. Esto significa, según la escala de Vandor, que existe una inteligencia desarrollable. Se ejerce la agricultura y el transporte, así como algunos trabajos artesanales".

Era insufrible cuando relataba, pero Locust estaba encantado.

"Cultura y religión", preguntó.

"En general primitivas, prenivel 3. Aunque existe un grupo que empieza a desarrollar características monoteístas. Existe media docena de pequeñas ciudades, la más grande de las cuales registra unos cinco mil habitantes".

"¿Qué consecuencias tendrá el paso del cometa?"

"Debido a las enormes existencias de agua, puede esperarse un desastre, particularmente en el sector, muy bajo y plano, en el que se ha establecido la cultura monoteísta. Grandes inundaciones son de esperar, así como tremendas precipitaciones debido al recalentamiento del aire y del agua".

"¿Qué medidas propondría usted?"

"A mi modo de ver, una evacuación no corresponde al caso, ya que no pueden predeterminarse con certeza los lugares absolutamente seguros. Las regiones altas también serán afectadas por las precipitaciones. Una evacuación, para el prenivel 3, sería demasiado arriesgada, y, además, encontraría resistencia".

"¿Entonces?"

"Por tal motivo, yo propondría la solución que menciona el profesor Klander en sus "Indicaciones Generales", capítulo 'Catástrofes Hidrológicas'.

"Precise usted".

"La solución b)"

Locust sonrió. Conocíamos esa sonrisa. Significaba aprobación.

"Bien", dijo. "Enviaremos los resultados de su trabajo y sus propuestas a la universidad. Déme también sus apuntes. Espero que contendrán los detalles específicos".

"Naturalmente, profesor".

"Y ustedes, damas y caballeros", dijo Locust, con un amplio gesto que nos incluía a todos, "pueden ahora dedicarse a su party".

Una palabra clave. Mesas y sillas plegadas, los ojos de buey de la nave cerrados y encendida la iluminación de las grandes ocasiones. La fiesta fue sumamente alegre –había sido un agotador período de trabajo– y la noche pasó con gran rapidez.

A la madrugada retornaron los papeles de Andros, a través del facsimilador. Estaban aprobados y ostentaban el sello del rector. Brindamos y seguimos bailando hasta el amanecer.

Al día siguiente comenzara los preparativos para el plan de Andros. Como es de rigor, esperamos un momento propicio, cuando el territorio en cuestión estuviera cubierto de nubosidad baja. Teníamos la ventaja de poder atravesar las nubes con nuestros instrumentos.

Debajo nuestro se extendían los amplios y pacíficos campos utilizados por la cultura monoteísta para apacentar su ganado. Algunos campesinos trabajaban bajo una fina llovizna. Era un cuadro como lo habíamos visto ya decenas de veces, y, a pesar de ello, siempre nos inducía una sensación de extraño respeto el ser testigo del nacimiento de una civilización. No sé qué pensarían los demás, pero para mí este mundo, como los anteriores, era algo sagrado y hermoso. En un viaje de estudios como éste, uno descubría que no hay principio ni fin en la misteriosa cadena de la vida. Las culturas nacían, se desarrollaban y fundían unas con otras para luego intentar el gran salto universo. Muchas morían antes de lograrlo. Esto suele suceder, como consta en los textos que estudiamos al comenzar el curso, cuando el desarrollo social se retrasa frente al técnico, cuando la cultura es ahogada por la civilización. Hubo casos como el de... pero dejemos eso. El mundo bajo nosotros aún no conocía esos problemas. Ya llegaría el día en que se abriría ante él la encrucijada clásica. Nadie podría entonces ayudarle: al igual que una oruga que pugna por convertirse en mariposa, estaría obligado a resolver sus problemas solo o a hundirse.

El plan de Andros estaba totalmente adaptado a este inundo. Nos dirigiríamos al cacique de esta tribu y le daríamos nuestras instrucciones. El resto era asunto de ellos.

Nos era favorable el hecho de que últimamente habían aumentado las incursiones de piratería contra las gentes de la cultura superior. Eso nos serviría de clave.

Descubrimos al viejo cuando se dirigía a su choza.

Conectamos el altoparlante y Andros comenzó a hablar con su voz fuerte y juvenil, sin dejar de ser solemne. Sus primeras palabras resonaron sobre los campos:

"Él fin de toda carne ha venido delante de mí, porque la tierra está llena de violencia... Hazte un arca de madera de Gofer..."

Nunca olvidaré la cara asustada pero reverente del viejo cacique. Cayó de rodillas, entre su intranquilo ganado, y escuchó, con la arrugada faz vuelta hacia el cielo:

"...Y de esta manera la harás: de trescientos codos de longitud, de cincuenta codos de anchura, y de treinta codos de altura."