martes, 12 de febrero de 2008

Street spirit-Radiohead.

street spirit (fade out)

Hileras de casas, todas dirigiendose a mi

Puedo sentir sus tristes manos tocandome

Todas aquellas cosas en todos sitios

Todas aquellas cosas que un día tomarán el control.

Y se desvanece de nuevo, y se desvanece de nuevo...

Esta máquina no comunicará

aquellos pensamientos y el esfuerzo bajo el que estoy.

Se un chico de mundo, forma un círculo

antes de que todos sucumbamos.

Y se desvanece de nuevo, se desvanece de nuevo..

Huevos cascados, pájaros muertos

gritan como si lucharan por vivir.

Puedo sentir la muerte, puedo ver ojos redondos, brillantes y saltones.

Todas aquellas cosas en fruición,

todas aquellas cosas que un día nos tragaremos enteras.

Y se desvanece de nuevo, se desvanece de nuevo....

Sumerge tu alma en amor

Sumerge tu alma en amor


Un inesperado visitante-Angel Arango-Cuba

UN INESPERADO VISITANTE

Angel Arango

Antes de saltar hizo una última señal.

Descendió a través del espacio haciendo el cuerpo más ligero que una pluma, la mente vacía de pensamientos, la sangre detenida, los nervios abiertos dentro de los músculos como las costuras de un paracaídas.

Sin ropa ni equipos, porque la materia de esas cosas no obedecía a su voluntad como la carne.

Desnudo.

Era fácil. Se inhibía de la fuerza de gravedad y dejaba de ser su conductor. Apenas permitía que se hiciese sentir el peso de la piel, apretada en derredor como una coraza para protegerlo del frío.

Al llegar a la superficie del agua, el cuerpo tomó por sí mismo la posición vertical y se orientó a tierra.

Estaba salvado.

La única herida que se había hecho al deshacerse rápidamente de la nave le sangraba, pero no ofrecía peligro, porque a él la sangre se le regeneraba al contacto del oxígeno y dentro de las venas. Era extraordinariamente alto y hermoso, y sus ojos de un color azul marino fulguraban con brillo metálico, y eran penetrantes como los rayos del sol del mediodía.

Aún no tenía barba, porque hacía pocos días que se había afeitado.

- Mi nave habrá caído en el océano - se dijo.

Y echó a caminar por aquel mundo desconocido adonde no había intentado nunca venir y que por un accidente se convertía en su destino.

Comenzó a andar en dirección a los árboles que se estremecían bajo la brisa que soplaba procedente del mar próximo.

Pronto divisó a un grupo de nativos que se dirigía al río y vio cómo vestían. Oculto, logró oír parte de las conversaciones y puso a trabajar su voluntad para que el cerebro funcionase a toda capacidad y le diese el significado de las palabras.

Los siguió. Uno a uno fueron metiéndose en las aguas y se bañaron con alegría.

- Debo acercarme.

Fue hacia donde estaban y entró también en el agua. Uno que parecía dirigir el grupo se le aproximó e hizo una extraña reverencia. El abrió sus brazos, como era costumbre saludar en su planeta.

- Bienvenido - dijo el otro.

- No entiendo nada - respondió el extranjero en su lengua.

El que dirigía el grupo comprobó cuán alto era.

- No eres como nosotros - dijo -. ¿De dónde vienes?

El cerebro le trabajaba febrilmente; las palabras iban y venían por sus conductos nerviosos y se revolvían en una confrontación interminable. No sabía qué responder aún y sin embargo, sentía que las palabras últimas eran mucho más fáciles, casi las tenía en su repertorio. De pronto, sin saber cómo, dio la respuesta señalando el punto del océano espacial por donde habla llegado.

Su cerebro, obediente, eficaz, bien alimentado, había encontrado el significado preciso de las primeras palabras. Comenzaba a formar su vocabulario y ahora tendría que aprender a utilizarlo.

- De...

Y su mano volvió a extenderse para señalar el lugar del cielo. El grupo lo contempló en silencio. Quizá no comprendían su respuesta. Quizá no podían imaginarla tan siquiera. Les pidió ropa prestada y se la dieron. Luego se sentó con ellos y conversaron. Ellos hablaban y él contestaba aún con monosílabos. Supo que había allí otros hombres que vestían de hierro y atravesaban a los nativos con sus lanzas.

«Debo permanecer vivo hasta que llegue mi grupo de rescate», se dijo y fue a refugiarse en el desierto, donde podría soportar hasta seis meses sin comer ni beber, gracias a la energía de reserva que tenía acumulada.

El desierto era silencioso y aburrido. Casi como el espacio interplanetario; mirar las dunas era igual que contemplar los caprichosos diseños de las constelaciones. Durante la noche, cuando las formas de la arena se perdían en la gran oscuridad y el único paisaje eran las estrellas, se sentía adolorido y angustiado, porque era terrible verse prisionero de una tierra extraña y ser incapaz de alterar el espectáculo de aquellos puntos fijos. No era como cuando dentro de su nave podía trazar un curso y cambiar el panorama y aproximarse o alejarse de los distintos mundos.

- Terminaré por volverme loco - gritó al mes y se fue hacia la costa, donde encontró una familia de pescadores con los cuales hizo amistad y aprendió a hablar perfectamente el idioma. Luego se embarcó con los pescadores para recuperar el equipo de señales. Descendió a las aguas y recorrió a pie el fondo del mar. Fue inútil. Entonces emitió una señal telepática debajo del agua y ésta atrajo a los peces, que llenaron las redes. Volvió a la superficie, desplazó la atmósfera e hizo en torno suyo el vacío. Por su cuerpo no corría la fuerza de la gravedad: era como un muerto inmóvil y se deslizó así sobre las aguas, erguido sobre sus pies que descansaban en una delgada capa de aire sobre la superficie del mar.

Los marineros que le vieron tenían unas terribles caras de asombro y comprendió que había ido demasiado lejos. Aquel mundo, o aquel lugar del mundo que visitaba, estaba demasiado atrasado.

«Comenzarán a hablar de mí y no me conviene». Se lo dijo a los pescadores:

- No es nada. No lo digan a nadie.

Los pescadores fueron honrados. No dijeron absolutamente nada, pero le trajeron a un amigo ciego para que él lo viese y procurase ayudarlo.

- Por piedad.

Era una voz conmovedora. El hombre estaba con los párpados cerrados y solamente repetía aquello con convicción definitiva.

- Por piedad, por piedad...

- Puedo usar mi voz - pensó - y hacer que rompa el sello que quema su mirada. Pero mí energía está limitada y la que recibo de este mundo es pobre y no puede recompensarme. Mi poder, mi poder debe durarme...

Sin embargo, el hombre ciego permanecía frente a él, y era algo que no podía soportar porque en su mundo no existían esos males.

- Te ayudaré... Acuéstate...

El ciego obedeció y él cubrió sus ojos. Volvió a decirle las mismas palabras varias veces. La vibración de su voz destruyó el virus. Hasta que el otro despertó y vio la luz.

Leyendas e historias fueron tejiéndose en tomo a él y la vida de aquellos hombres se fue cerrando alrededor de la suya, a pesar suyo.

Llamaba la atención por su estatura y por lo fuerte de su mirada y tenía ahora una larga y suave barba y cabellos que le cubrían la nuca. Su presencia era conocida rápidamente y el pueblo se le acercaba y lo rodeaba.

- Extraño pueblo que no conoce el amor y vive siempre alucinado... Extraño pueblo que no conoce el amor.

Le seguían a todas partes y le escuchaban y le observaban; había comenzado a formar parte de la vida de las gentes.

Probó sus poderes. El poder de la mirada, la fuerza de la mirada.

Saludaba abriendo los brazos.

- Lo que llaman riqueza no vale nada en mi país - decía -. El amor es lo importante.

Las mujeres le seguían, pero él sabía que no podía prodigarse porque sus energías se reducían más y más.

- Es un hombre encantador...

- Lo que ocurre es que no nos mira, por eso le amamos.

- Pero estaría dispuesta a seguirlo siempre.

- Dice cosas tan nuevas. Todavía no sé de qué habla, pero hay sentido en su persona.

- Es como si viniera de algún lugar lejano y limpio donde los hombres fuesen más fuertes y seguros y no necesitaran bañarse como aquí.

- El probó sus poderes. El poder de la mirada, la fuerza de la mirada.

- Mi poder, mi poder...

Se le despertó una profunda compasión por aquel pueblo tan necesitado de creer y de amar, a pesar de todo. Y aunque no dejaba de preocuparle el saber que estaba lejos de su mundo «Mi señal perdida y yo sin respuesta» hizo cuanto pudo por ayudar a mejorar la vida y la existencia de los hombres y mujeres que con tanta pasión se le aproximaban. Comenzó a explicarles cosas y lo hizo en forma atractiva, presentándolo como dicho anteriormente por algún personaje histórico que ellos respetasen o como un mensaje nuevo transmitido a través de él. Porque el engaño era necesario.

Habló en metáfora, lo que sirvió para causar una gran impresión a su auditorio y también para que posteriormente fuesen confundidas sus palabras.

- No debo alejarme nunca de los que me siguen. El día que lo haga, los opresores de este país me destruirán y habrá cesado mi última esperanza de ser rescatado. Sé que mi poder no durará siempre...

A pesar de ello, le inquietaba el hambre entre las gentes y sus enfermedades. Y utilizó la frecuencia de las vibraciones de su voz para curar y decidió alimentar a los miles de hombres que pasaban hambre.

- Eso no se conoce en mi mundo. Extraños y pobres seres.

Dejó escapar lentamente la energía que llevaba concentrada en su mente y multiplicó los alimentos terrestres por procesos reproductivos acelerados.

- Aunque yo termine no siendo más que uno de ellos.

Pero había roto la cadena de la historia.

Los soldados no fueron quienes dieron el primer paso para destruirlo. Fueron los comerciantes que vendían la comida.

- Ese hombre debe desaparecer. Nos arruina.

- Que muera. Que muera de una pedrada certera.

Cuando se dispuso a levantar la piedra, el extranjero, que presintió la agresión, se volvió hacia los tableros de mercancías y los volcó sobre el piso. E inmediatamente el pueblo repitió la acción con todos los demás tableros.

Cada minuto que pasa las cosas crecen y se vuelven importantes.

Un silencio penetró los corazones, y hombres y mujeres se postraron ante él. Estaba erguido, él solo, como un rey, en medio de la multitud. El solo, alto y extraordinario, con sus ojos de mirada poderosa, que nadie podía rechazar.

La cena fue una sesión científica. En ella quiso explicar que la materia se adapta a distintos procesos evolutivos, a distintos niveles biofísicos.

- Todo esto no es más que nosotros mismos - dijo poniendo las manos sobre los alimentos -. Yo puedo volver a ser esta materia y ella puede convertirse en persona. La vida no debe perderse más que para cambiar de cuerpo, de medio. Ustedes mueren porque no han aprendido a querer vivir; no quieren vivir más porque sus facultades son poco evolucionadas y le dan una visión estrecha del mundo. Si pudieran disfrutarlo, entonces desearían renovarse eternamente...

Uno le preguntó cómo había logrado revivir a un muerto.

- Mi voz destruyó los gérmenes, repuso el movimiento y rehabilitó la materia. Mi palabra es natural y, sin embargo, da las vibraciones necesarias.

Los soldados marchaban por la carretera de cuatro en fondo. Cantaban un himno. Un hombre saltó al camino y les hizo señas. El grupo se detuvo a las órdenes que impartió el oficial. Este se adelantó al hombre y le preguntó:

- ¿Es usted?

- Sí - respondió el otro temblorosamente.

- Bien; díganos dónde está.

El hombre apretó sus manos con nerviosismo y le susurró al oficial:

- Es el más alto. Tiene los ojos azules y brillantes.

El oficial desplazó a sus hombres y éstos avanzaron en escuadra desplegada sobre el campo para cerrarse alrededor del punto señalado.

Poco después rodeaban al extranjero y el oficial le preguntó:

- ¿Quién eres?

- Yo soy el hijo de un hombre - respondió el extranjero.

- ¡Llévenselo! - dijo el oficial. E hizo señas de que le atasen las manos. Por un instante, el hombre que quería aprovechar el tiempo que vivía fuera de su tiempo para ayudar a un pueblo mucho más atrasado que el suyo contempló el pedazo de soga colgando de las manos del legionario. Por un instante pensó que podría deshacerse de todos ellos con el resto de fuerza que aún le quedaba de reserva. Pero entonces comprendió también que de nada serviría, pues había hecho allí más de lo que podía y nadie le conocía verdaderamente ni sabía quién era. No ganaría ahorrando unas horas más de vida. Su poder se había consumido ayudando al pueblo sometido, multiplicando el alimento, rehabilitando a los enfermos. Tarde o temprano terminaría agotándose. Estaba desarraigado, fuera de los cielos que había surcado a velocidades increíbles, cansado de esperar el resultado de una señal hecha con demasiada precipitación. Una señal demasiado pequeña para un universo tan grande.

Extendió ambas manos y el soldado se las amarró.

Cuando llegaron a la ciudad comenzaron los interrogatorios. Aparecieron muchas personas que decían conocerle y que le atribuyeron frases y hechos. Luego le quisieron hacer confesar cosas que desconocía e insistían una y mil veces en averiguar de quién era hijo.

- ¿Eres príncipe? ¿Eres rey?

- Yo sólo soy el hijo de un hombre - volvió a repetir y entonces, sorpresivamente, le escupieron el rostro y le entraron a golpes y garrotazos.

Era la primera agresión física. Quiso romper sus ataduras y pensó en ellas, únicamente en ellas, a pesar de todo lo que le rodeaba. Se concentró totalmente. Pero las ligaduras no cedieron; estaba perdido, sus últimas fuerzas superiores le habían abandonado. Era un hombre indefenso como los demás, como los habitantes de aquel pueblo sometido.

- Tú eres un conspirador - gritó un viejo histérico al que secundaba todo el Consejo de Ancianos -; te vamos a entregar al ejército...

Y así fue.

Le llevaron ante un militar vestido de hierro como los demás, pero que se envolvía en una capa roja.

Antes de llegar a él tuvo que cruzar entre dos filas de hombres con estandartes. Miró a lado y lado y vio cómo, con el furor de su mirada, los estandartes se abatieron.

- Aún me queda energía.

Volvió a intentar romper las ligaduras. Pero nada, sólo los estandartes se abatían; su última energía los hacía extraordinariamente pesados en las manos de los soldados.

- ¿Quién eres? - preguntó el oficial.

El extranjero miró dudosamente al jefe de los soldados.

- Yo soy un hombre de...

El comandante le interrumpió:

- ¿Eres tú Cristo?

- Ese nombre me das - dijo el prisionero y pensó que si hubiera tenido allí su identificación se la habría mostrado con gusto al oficial.

- ¿Tú eres el rey de esta gente?

- No entiendo lo que dices - respondió el extranjero -. Yo no soy de aquí.

- Tu reino entonces no es éste.

Se volvió a la multitud y les dijo que el hombre alto era inocente del cargo de conspiración.

Pero en primera fila delante de la multitud estaban los comerciantes de quienes el extranjero se había defendido. Y éstos comenzaron a dar gritos de:

- ¡Muerte! ¡Muerte!

Y la palabra asustó al gobernador, que lo entregó a la tropa.

Los soldados se lo llevaron a un sótano donde lo patearon, lo golpearon y, por último, lo amarraron a una silla llenándolo de símbolos extraños como si fuese un espantapájaros.

De allí lo sacaron poco después a la calle y le colocaron una enorme cruz de madera de cedro sobre las espaldas. El hombre sostuvo el peso cuanto pudo, mientras le hacían marchar hacia un monte próximo conocido por «el lugar de la Calavera». A latigazos y lanzazos, como hacían con aquel pueblo sometido, el inesperado visitante fue arrastrándose.

Legó al monte y lo alzaron en la cruz.

Había otros dos ajusticiados a su lado, pero él se veía mucho más grande.

- Quizás hubiera tenido más suerte en la forma de morir, si no hubiera sido por esta costumbre de abrir los brazos...

Uno de los soldados le oyó hablar y le clavó su lanza.

Se relajó definitivamente para no sufrir.

Pero aunque lo consideraron muerto, su corazón latía aún a un ritmo imperceptible para el hombre de la Tierra.

Lo descendieron y lo introdujeron en un sepulcro.

Era mucho más corto de estatura que cuando había descendido del espacio.

Los soldados custodiaron el sepulcro por temor a que algunos curiosos del pueblo pudieran sustraer el cadáver.

La oscuridad vino sobre el mundo. El sol se escondió y el cielo apareció oscuro aun siendo de día. Se vieron las estrellas. La luna, que era como sangre, no brilló en toda la noche.

La patrulla de rescate había hecho dos o tres disparos de efecto sobre la tierra y los edificios. En el cementerio se abrieron las fosas de los muertos. Mientras la nave se mantenía en el aire, próxima a la superficie de la tierra, creando un cielo de tormenta con todos sus reflectores encendidos, dos de los hombres se aproximaron al sepulcro ante el espanto de la guardia. Eran altos y de vistosos uniformes y con facilidad retiraron la piedra que cubría la tumba.

El extranjero torturado se levantó y, caminando por sus propios pasos, fue a reunirse con los dos hombres.

- Vámonos - dijo.

Y desaparecieron en el cielo.

Luego, el pueblo comenzó a contar la historia con grande emoción. Los detractores la deformaron y los admiradores también. Los escritores tomaron todas estas deformaciones e hicieron la obra literaria. Cada cual habló lo que quiso y la humanidad continuó repitiéndolo y sigue en ello. Aún hoy en el año 3.000.

FIN

sábado, 9 de febrero de 2008

El abrasamiento del cerebro-Cordwainer Smith

El abrasamiento del cerebro

Cordwainer Smith

1. DOLORES OH

Les digo: Es triste, es más que triste, es horrendo, porque es terrible salir Arriba-Afuera, volar sin volar, moverse entre las estrellas como una polilla entre las hojas en una noche de estío.

De todos los hombres que llevaron las grandes naves a la plataforma ninguno fue más valiente, ninguno más fuerte que el capitán Magno Taliano.

Los scanners habían desaparecido hacía siglos y el efecto jonasoidal se había vuelto tan simple que la travesía de los años-luz no era más difícil para la mayoría de los pasajeros de las grandes naves que ir de un cuarto a otro.

Era fácil para los pasajeros. No para la tripulación.

Y menos aún para el capitán.

El capitán de una nave jonasoidal que se hubiese embarcado en un viaje interestelar era un hombre sujeto a extrañas y abrumadoras tensiones. El arte de vencer todas las complicaciones del espacio se parecía mucho más a la navegación en mares turbulentos de los antiguos tiempos que a las legendarias travesías a vela en aguas tranquilas.

El capitán de viaje de la Wu-Feinstein, la mejor nave en su tipo, era Magno Taliano.

Se dijo una vez de Taliano: "Era capaz de navegar en el infierno moviendo sólo los músculos del ojo. Era capaz de sondear el espacio directamente con el cerebro si los instrumentos fallaban..."

La mujer del capitán se llamaba Dolores Oh. El nombre era japonés, de una nación antigua. En otro tiempo Dolores Oh había sido hermosa, tan hermosa que quitaba el aliento a los hombres, cambiaba los sabios en tontos y los jóvenes en pesadillas de codicia y deseo. Adondequiera que iba los hombres se peleaban y luchaban por ella.

Pero Dolores Oh era orgullosa, orgullosa hasta más allá de los límites corrientes del orgullo. Se negó a pasar por los procesos del rejuvenecimiento común. Debía de haber sentido un deseo inconmensurable unos cien años atrás. Quizá se dijo, ante la esperanza y el terror de un espejo en un cuarto silencioso:

—Seguramente yo soy yo. Tiene que haber un yo más importante que la belleza de mi cara, tiene que haber algo más que esta piel suave y las arrugas accidentales de la mandíbula y el pómulo.

"¿Qué amaron los hombres si no me amaron a mí? ¿Podré descubrir quién soy o qué soy si no dejo que la belleza muera y no me resigno a vivir en una carne que tiene mis años?

Dolores Oh conoció al capitán y se casaron en seguida; el romance dejó hablando a cuarenta mundos, y pasmó a la mitad de las líneas de navegación.

Magno Taliano empezaba entonces a revelarse como genio. El espacio, podemos asegurarlo, es impetuoso, impetuoso como las aguas turbulentas de un vendaval, repleto de peligros que sólo los hombres más sensibles, rápidos y osados son capaces de vencer.

El mejor de todos, categoría por categoría, edad por edad, por encima de toda categoría, superior a los de mayor experiencia, era Magno Taliano.

El matrimonio con la belleza más hermosa de cuarenta mundos fue para él algo así como los amores de Abelardo y Eloísa, el inolvidable romance de Helen America y Ya-no-cano.

Las naves del capitán de viaje Magno Taliano se volvían hermosas año a año, siglo a siglo.

A medida que las naves mejoraban Magno Taliano obtenía siempre el último modelo. Estaba tan adelantado a los otros capitanes de viaje que era inconcebible que la mejor nave de la humanidad saliese a la incertidumbre y la furia del espacio de dos dimensiones sin Taliano al timón.

Los capitanes de puerto estaban orgullosos de navegar junto con Taliano. (Aunque los capitanes de puerto no tenían otro trabajo que cuidar la conservación de la nave, la carga y la descarga en el espacio normal, eran sin embargo algo más que hombres comunes en los límites del propio mundo, un mundo muy por debajo del universo más majestuoso y arriesgado de los capitanes de viaje.)

Magno Taliano tenía una sobrina que de acuerdo con las costumbres modernas se hacía llamar con el nombre de un sitio: "Dita de la Mansión del Sur".

Cuando subió a bordo de la Wu-Feinstein, Dita ya había oído hablar a menudo de Dolores Oh, la tía política que en otra época había cautivado a los hombre de muchos mundos, Dita se encontró sin embargo con algo que no esperaba.

Dolores la saludó cortesmente, pero esa cortesía fue como una bomba neumática de ansiedad, la afabilidad una burla seca, el saludo mismo un ataque.

¿Qué le pasa a esta mujer? pensó Dita.

Dolores dijo entonces, como respondiendo al pensamiento de Dita:

—Es agradable encontrarse con una mujer que no trata de sacarme a Taliano. Lo amo. ¿Puedes creerlo; ¿Puedes?

—Claro que sí —dijo Dita.

Miró la cara estropeada de Dolores Oh, el terror hipnótico de aquellos ojos, y comprendió que Dolores había dejado atrás todas las pesadillas y había llegado a ser un demonio atormentado, un espectro posesivo que vivía de la vitalidad del marido, que aborrecía la compañía de los otros, odiaba la amistad, rechazaba a la más casual de las conocidas pues tenía miedo, el miedo ilimitado y permanente de que ella misma no valía nada, y que sin la compañía de Magno Taliano se sentiría más perdida que el más negro de los torbellinos en la nada del espacio.

Magno Taliano entró en la habitación.

Vio a la mujer y a la sobrina juntas.

Debía de estar acostumbrado a Dolores Oh. A los ojos de Dita, Dolores era más horrorosa que un reptil caído en el lodo y que alza la cabeza herida y venenosa con un hambre ciega y una rabia ciega. Para Magno Taliano la horrible mujer que estaba de pie a su lado, como una bruja, era de algún modo la muchacha hermosa que había cortejado y desposado ciento sesenta y cuatro años antes.

Taliano le besó la mejilla marchita, le acarició el pelo seco y duro, le miró los ojos codiciosos y cerrados como si fuesen los ojos de la criatura amada. Suave, dulcemente, dijo:

—Sé buena con Dita, querida.

Magno Taliano siguió caminando por el corredor hasta el centro del cuarto de la planoforma.

Lo esperaba el capitán de puerto. Afuera, en el mundo de Sherman, un planeta agradable, soplaban unas brisas perfumadas que entraban en la nave por las ventanas abiertas.

La Wu-Feinstein, la mejor nave de su clase, no necesitaba paredes de metal. Estaba construida para parecerse al antiguo, prehistórico estado de Mount Vernon, y cuando navegaba entre los astros iba encerrada en su propio y rígido campo de fuerza, que se renovaba constantemente a sí mismo.

Los pasajeros pasaban unas pocas horas agradables caminando por la hierba, disfrutando de los amplios cuartos, charlando bajo la maravillosa imitación de un cielo y una atmósfera.

El único que conocía la verdad era el capitán de viaje, en el cuarto de la planoforma. El capitán de viaje, con los hombres de los transfixores al lado, llevaba la nave de una compresión a otra, dando saltos frenéticos y vehementes a través del espacio, a veces un año-luz, a veces cien años-luz, adelante, adelante, adelante, adelante, hasta que la nave, guiada por los leves impulsos de la mente del capitán, dejaba atrás los peligros de millones y millones de mundos, salía al espacio normal en el lugar establecido, y se posaba como una pluma en un campo adornado y decorado donde los pasajeros podían bajar y alejarse como si no hubieran hecho otra cosa que pasar una tarde en una vieja casona, a orillas de un río.

II. LA LÁMINA PERDIDA

Magno Taliano les hizo una seña a los hombres que operaban los transfixores. El capitán de puerto se inclinó obsequiosamente a la entrada del cuarto de la planoforma. Taliano lo miró seriamente, pero con mucho afecto. Mostrando una cortesía formal y austera, le preguntó:

—Señor y colega, ¿está todo listo para el efecto jonasoidal?

El capitán de puerto se inclinó aún más formalmente.

—Todo listo, señor.

—¿Las láminas en su sitio?

—Las láminas en su sitio.

—¿Los pasajeros seguros?

—Los pasajeros seguros, numerados, contentos y dispuestos, señor.

Entonces llegó la preguntá final y más seria.

—¿Los transfixores están ya preparados y listos para el combate?

—Listos para el combate, señor.

El capitán de viaje se retiró. Magno Taliano les sonrió a los operadores. Todos pensaron lo mismo:

¿Cómo un hombre tan notable ha estado casado tantos años con una bruja como Dolores Oh? ¿Cómo ese espanto, ese horror pudo haber sido una belleza? ¿Cómo esa bestia pudo haber sido mujer, especialmente la divina y encantadora Dolores Oh cuya imagen todavía vemos en tri-di de vez en cuando?

No obstante, Magno Taliano era una persona agradable, a pesar de llevar tanto tiempo casado con Dolores Oh. La soledad y la avidez de Dolores podían consumir a un hombre, como una pesadilla, pero las fuerzas de Magno Taliano eran más que suficientes para los dos.

¿No era él el capitán de la mayor de las naves que navegaban entre los astros?

Mientras los operadores lo saludaban aún, sonriendo, la mano derecha de Taliano bajó la dorada palanca ceremonial. Sólo este instrumento era mecánico. Todos los otros controles de la nave, desde hacía ya mucho tiempo, eran telepáticos o electrónicos.

Los cielos negros se hicieron visibles dentro del cuarto de la planoforma, y el tejido de espacio creció alrededor como el agua que hierve al pie de una cascada. Fuera del cuarto los pasajeros paseaban aún por tmos prados fragantes.

Mientras esperaba tiesamente en la silla de capitán, Magno Taliano sintió que en la pared de enfrente se formaba una figura; en trescientas o cuatrocientas milésimas de segundo esa figura le diría dónde estaba y cómo podía moverse.

Magno Taliano manejaba la nave con los impulsos de su propia mente, ayudado por la pared.

La pared era una mampostería viviente de láminas; cartas laminadas, cien mil cartas por pulgada, para todas las eventualidades imaginables del viaje que en cada nueva ocasión llevaba a la nave a través de las casi ignotas inmensidades del tiempo y el espacio. La nave saltó, como lo había hecho antes.

Una nueva estrella entró en foco.

Magno Taliano aguardó a que la pared le mostrara dónde estaba, esperando (en compañía de la pared) llevar otra vez la nave a la estructura del espacio, moviéndola con inmensos saltos de aquí a allá.

No ocurrió nada.¿Nada?

Por primera vez en cien años la mente de Taliano conoció el pánico.

No podía ser nada. Era imposible que fuera nada. Algo tenía que aparecer. Las láminas siempre enfocaban algo.

La mente de Taliano entró en las láminas y descubrló con una desolación que traspasaba todos los límites del común dolor humano que estaban más perdidos que cualquier otra nave de la historia. Por algún error nunca cometido antes, toda la pared era una colección de duplicados de la misma lámina.

Y lo peor era que la lámina de Regreso de Emergencia se había extraviado. Estaban entre estrellas que ningún ser humano había visto antes, quizá tan cerca como a setecientos millones de kilómetros, quizá tan lejos como a cuarenta persecs.

Y la lámina se había perdido.

Y morirían.

Cuando se acabase la energía de la nave, el frío y la oscuridad y la muerte los aplastaría en unas pocas horas. Entonces sería el fin, el fin de la Wu-Feinstein, el fin de Dolores Oh.

III. EL SECRETO DEL CEREBRO OSCURO

Fuera del cuarto de la planoforma los pasajeros de la Wu-Feinstein no podían saber que estaban perdidos en la nada.

Dolores Oh se movía hacia adelante y atrás en una vieja silla mecedora. La cara inexpresiva miraba el río imaginario que corría junto a la hierba. Dita de la Mansión del Sur estaba sentada en una banqueta junto a las rodillas de la tía.

Dolores le hablaba de un viaje que había hecho cuando era joven; una joven de estremecida belleza que llevaba dificultades y odios a todas partes.

—... entonces el soldado de guardia mató al capitán y luego entró en mi camarote y dijo: "Tienes que casarte conmigo, ahora. Renuncié a todo por ti." Y yo le contesté: "Nunca dije que te amase. Me halaga que te hayas metido en una pelea, y supongo que en cierto sentido es un cumplido a mi hermosura, pero eso no significa que yo te vaya a pertenecer toda la vida. ¿Qué crees que soy?"

Dolores Oh lanzó un suspiro seco, feo, como el crujido del viento en unas ramas heladas.

—Así que ya ves, Dita, ser hermosa como tú nada soluciona. Una mujer tiene que ser ella misma antes de descubrir qué es. Sé que mi señor y esposo, el Capitán, me ama porque he perdido mi belleza, y que sin esa belleza sólo puede amarme a mí ¿no crees?

Una curiosa figura salió a la baranda. Era un operador de bombas de luz en traje de combate. Se suponía que los operadores no dejaban nunca el cuarto de la planoforma, y era muy extraño que uno de ellos apareciese ahora entre los pasajeros.

El operador se inclinó ante las dos damas y dijo con la mayor cortesía:

—¿Podrían ustedes, por favor, venir al cuarto de la planoforma? Es necesario que vean al capitán

Dolores se llevó la mano a la boca. El gesto de dolor fue tan automático como la mordida de una víbora. Dita sintió que la tía había estado esperando el desastre durante más de cien años, que había anhelado la ruina del marido, del mismo modo que algunas gentes anhelan el amor y otras anhelan la muerte.

Dita no dijo nada. Dolores, en apariencia después de haberlo pensado bien, tampoco habló.

Siguieron en silencio al operador hasta el cuarto de la planoforma.

La pesada puerta se cerró tras ellos.

Magno Taliano estaba todavía rígido en su silla de capitán .

Habló muy despacio, y la voz le sonó como una grabación pasada demasiado lentamente en un antiguo parlofón.

—Estamos perdidos en el espacio, querida —dijo la voz frígida, espectral del capitán todavía en trance—. Estamos perdidos en el espacio y pensé que si tu mente me ayudaba quizá pudiésemos encontrar el modo de volver.

Dita empezó a hablar, y calló.

Un operador le dijo:

—Adelante, hable, querida. ¿Qué se le ocurre?

—¿Por qué no volvemos, simplemente? Sería humillante, ¿verdad? De todos modos será mejor que morir. Veamos la lámina Regreso de Emergencia, y volvamos ahora mismo. El mundo perdonará a Magno Taliano un solo fracaso, luego de tantos miles de viajes satisfactorios.

El operador, un hombre joven y agradable, habló con tanta calma y amabilidad como un médico que informa a alguien de una muerte o de una mutilación.

—Lo imposible ha ocurrido, Dita de la Mansión del Sur. Todas las láminas están mal. Son todas la misma lámina. Y ninguna sirve para el regreso de emergencia.

Las dos mujeres supieron así dónde estaban. Sabían que el espacio los desgarraría como a una fibra, en hilos, y que todos morirían poco a poco, a medida que pasasen las horas, y que los materiales de los cuerpos irían desintegrándose molécula a molécula. O, de otro modo, podían morir también todos juntos en un instante, si el capitán decidía suicidarse y destruir la nave antes que esperar a una muerte lenta. O, si creían en una religión, podían rezar.

El operador le dijo al capitán, todavía tieso:

—Creemos verle una figura familiar en el borde del cerebro, señor. ¿Podemos mirar dentro?

Taliano asintió muy lentamente, muy seriamente.

El operador no se movió.

Las dos mujeres observaron. No ocurrió nada visible, pero sabían que más allá de los límites de la visión y sin embargo delante de los ojos, se desarrollaba un drama. Las mentes de los operadores sondeaban la mente del rígido capitán, buscando entre las sinapsis el leve indicio de una solución.

Pasaron minutos. Parecieron horas.

Al fin el operador habló.

—Podemos verle la mente, capitán. En el borde de la paleocorteza hay una figura de estrellas que se parece al ángulo posterosuperior de nuestra posición actual:—El operador rió nerviosamente.—Queremos saber, ¿puede llevar la nave de vuelta con el cerebro?

Magno Taliano lo miró con ojos profundos y trágicos. Se oyó otra vez la voz lenta. El capitán ya no se atrevía a abandonar ese estado de trance, que mantenía en estasis a toda la nave.

—¿Quiere usted decir si puedo llevar la nave sólo con mi cerebro? Eso me abrasaría el cerebro y la nave se perdería de todos modos . . .

—Pero estamos perdidos, perdidos, perdidos —gritó Dolores Oh. E rostro de la mujer estaba lleno de horrible esperanza, de hambre de destrucción, de ávidos deseos de desastre. Le gritó al marido—: Despierta querido, y muramos juntos. Al fin podremos pertenecernos el uno al otro, y tanto tiempo, ¡para siempre!

—¿Por qué morir? —dijo el operador suavemente—. Dígaselo, Dita.

Dita dijo: —¿Por qué no prueba, señor y tío?

Lentamente, Magno Taliano se volvió hacia la sobrina. Otra vez sonó la voz hueca.—Si lo hago seré un tonto o un niño o un muerto pero lo haré por ti.

Dita había estudiado el trabajo de los capitanes de viaje y sabía bien que la destrucción de la paleocorteza provocaba un hondo desorden emotivo, aunque el sujeto se mantuviera intelectualmente cuerdo. Sin la parte más antigua del cerebro, los controles fundamentales de la hostilidad, el hambre y el sexo desaparecían del todo. Los animales más feroces y los hombres más brillantes quedaban reducidos a un nivel común: la concupiscencia y los juegos y el hambre apacible e inaplacable eran ahí una constante cotidiana.

Magno Taliano no esperó.

Extendió lentamente el brazo y apretó la mano de Dolores Oh.—Cuando me muera sabrás al fin que te quiero.

Las mujeres no vieron nada. Comprendieron que las habían llamado sólo para que Magno Taliano viera por última vez una imagen de su propia vida.

Un silencioso operador clavó un rayo-electrodo en el cerebro del capitán Magno Taliano, para que le llegase a la paleocorteza.

El cuarto se animó. Alrededor giraron unos cielos extraños, como leche batida en una taza.

Dita advirtió que ella misma estaba viendo la escena en un nivel telepático, aun sin la ayuda de ningún dispositivo. Sintió en la mente la pared muerta de las láminas Sintió las oscilaciones de la Wu-Feinstein mientras iba pasando de espacio a espacio, tan indecisa como un hombre que atraviesa un río saltando y apoyándose en unas piedras cubiertas de hielo.

Hasta sabía, de algún modo, que la paleocorteza del serebro del tío estaba ardiendo al fin, y para siempre, que los mapas de estrellas que habían estado congelados en las láminas vivían aún en el mapa infinitamente complejo de los recuerdos de Magno Taliano; que con la ayuda de sus propios operadores telepáticos Magno Taliano se estaba abrasando el cerebro célula a célula, buscando un modo de llevar la nave a destino. Este era realmente un último viaje.

Dolores Oh miraba a su marido con una hambrienta e inimaginable codicia.

Poco a poco el rostro de Magno Taliano fue mostrando una expresión serena y estúpida.

Dita podía ver ahora cómo le ardía el cerebro medio al tío, mientras los controles de la nave, con el auxilio de los operadores, buscaban en el intelecto más magnífico de la época un último derrotero.

De pronto Dolores se arrodilló, sollozando junto a la mano del marido.

Un operador tomó a Dita de la mano.

—Hemos llegado a destino—dijo.

—¿Y mi tío?

El operador miró a Dita de un modo extraño.

Dita comprendió al fin que el hombre le hablaba sin mover los labios: le hablaba de mente a mente.

—¿No ve?

Dita sacudió la cabeza, aturdida.

El operador pensó de nuevo enfáticamente.

—A medida que el cerebro se abrasaba usted iba adquiriendo las capacidades de su tío. ¿No lo siente? Usted misma es ahora un capitán, y uno de los mejores.

—¿Y él?

El operador esbozó mentalmente un comentario compasivo.

Magno Taliano se había levantado de la silla, y su consorte Dolores Oh lo ayudaba a salir del cuarto. Taliano tenía la sonrisa amistosa de un idiota, y por primera vez en más de cien años la cara tonta y tímida le temblaba de amor.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Rocky Lunario-René Rebetez-Colombia

rené rebetez

ROCKY LUNARIO

"Ay destructores de los muros

de vuestra casa, que en un amargo

reinar teníais puestos los ojos,"

Esquilo

Rocky Lunario estaba impaciente porque su provisión de chicle se había terminado.

Se agachó, recogió un puñado de luna-luna blanca, como cal muy fina y lo arrojó lejos de sí. Hizo una nubécula a medio metro de altura y luego cayó oblicuamente, muy despacio.

Miró allá arriba la Tierra llena, y su depósito de oxígeno, se llenó de nostalgia al presentir los lugares más queridos que albergaba su detector de recuerdos; la vieja Sicilia de sus abuelos, y el Drugstore del Brooklin nativo. Su mirada se apartó con dificultad del planeta y escrutó luego el inmenso espacio negro-azul hasta detenerse en la galaxia C-419 que parecía un inmenso helado de crema –casi al alcance de su mano– tan apetitoso como los que preparaba el viejo Buck.

Nuevamente la nostalgia se puso a hacer burbujas en el oxigeno y, de nueva cuenta, como le ocurría desde un año para acá, echó rabiosamente de menos la alberca y el sol, y los largos muslos de las bañistas en el Prívate Club de Port Lauderdale, Florida, a donde solía escaparse cada vez que le daban un respiro en el entrenamiento, los lanzacohetes de la base. Después de muchos ensayos infructuosos la cosa había resultado y los relevos comenzaron inmediatamente. Cada hombre debía permanecer un año en la base lunar, y cuando llegó su turno ya estaban listas todas las instalaciones para descubrir satélites extraños, explosiones atómicas en el ámbito terrestre, interceptores de cohetes piratas y el gigantesco lanzabombas, que debía estar siempre listo para entrar en acción, y que había garantizado la primacía total. Los robots mineros extraían material radiactivo que se enviaba a la Tierra, para regresar al poco tiempo embutido en las espoletas de las relucientes bombas que se apiñaban en los 126 silos atómicos especialmente concebidos para el caso.

Sus deberes consistían primordialmente en pasar revista al inmenso tablero de control lunar, que daba los datos exactos sobre el funcionamiento de toda la instalación automática, y sobre el rendimiento de mineral durante la jornada de trabajo. Enviaba muestras de minerales desconocidos y fotografías telescópicas para estudiar la composición de planetas distantes y estrellas desconocidas, siguiendo siempre un riguroso orden alfabético.

Realmente se podía estar orgulloso de aquella gigantesca empresa que podía ser manejada por un solo hombre con el mínimo esfuerzo y el máximo de rendimiento; sin embargo, recordaba cómo fueron de incomparablemente más divertidos aquellos meses en la zona del canal, y las escapadas a los bares de la zona roja, rebosantes de mujercitas morenas de a dos dólares.

En la Luna, nada de eso. En la luna, sólo el pasearse por las explanadas de talco, o asomar la cabeza por los inmensos cráteres, como un ratón perdido en un inmenso queso gruyere. La lucha entre Rocky Lunario y el hastío no era nueva, sin embargo.

Había comenzado al mismo tiempo que él y desde niño la angustia que se le había aparecido muchas veces, siempre inopinadamente, al cruzar una esquina, o al terminar un partido de béisbol. Una ira desazonada se apoderaba de él, y tenía necesaria, imprescindiblemente, que dar un puntapié a una lata de conservas, romper una vidriera o un espejo, morder el labio inferior de la muchacha más cercana, o irse a ochenta millas por hora, en sentido contrario, por la autopista de Key West.

Luego siempre volvía la paz, escanciada en un dry martini, al borde de la alberca, en el Prívate Club.

Ahora, en aquel estúpido satélite, ni siquiera podía tranquilizarse un poco mascando con furia un chicle de menta.

Encaminó su pasos, extrañamente ágiles bajo la envoltura de oso polar, hacia el ciclotrón que parecía una inmensa clepsidra tendida en el mar de polvo blanquecino. También podría haber sido una caja de guitarra o un gigantesco torso femenino mutilado. De su interior se escapaba el ronroneo de los átomos dispersos y el sibilar de las partículas alfa que los desintegraba. Un sonido monótono y familiar aquél, que recordaba al conjunto de jazz de W. Fisher.

Ahogó un bostezo con la palma del guante, dobló por el recodo antes de llegar al ciclotrón y tomó el camino que lo llevaba al edificio blanco. Al pasar por ahí, muchas veces se había dicho que ésta sería la calle central cuando llegaran los civiles. Se la imaginaba rebosante de gente, con los borrachos de narices rojas saliendo de los bares y cantinas, bajo la magia de los anuncios de neón. Por ahora no había otra cosa que el edificio blanco. De apariencia inofensiva, casi insignificante, la construcción se erguía a cincuenta metros de allí como una pequeña prisión coronada Por una cápsula semejante a las que tienen los observatorios en las ciudades de provincia.

Al llegar frente a la estrecha puerta de metal, accionó con soltura el mecanismo disimulado que, al mismo tiempo que desconectaba el sistema automático de defensa, abría la puerta blindada de esteatita. Pasó por el estrecho vestíbulo y subió a grandes brincos deportivos la escalera de caracol, hasta llegar al control de mando.

Las relucientes palancas de metal y los taburetes giratorios hacían del recinto algo tan familiar como una fuente de sodas.

Se acomodó en el sillón central y se quitó los guantes y la escafandra, ya que allí había un ambiente similar a las condiciones de vida terrenal. Respiró con fruición, se pasó la mano por el rubio cabello húmedo de sudor y enfocó la mira macroscópica hacia la Tierra. Primero, como lo hacía todos los días, recorrió las líneas sinuosas de los continentes y las brillantes planicies de los mares, para accionar luego el sistema de acercamiento que le permitía planear sobre ciudades y pueblos como si estuviese a bordo de un avión corriente. Sus dedos tamborilearon sobre las tres teclas del tablero de mando, que accionaban el lanzamiento de los proyectiles.

Al apretar la tecla central –la de potencia máxima– quedó asombrado al no escuchar ningún ruido. Dos segundos más tarde vio elevarse al silencioso cohete.

Tardaría doce horas en llegar.

Del bolsillo trasero del pantalón sacó el cuaderno de tiras cómicas; se echó hacia atrás en el asiento, puso los pies sobre el tablero de control y se dispuso a esperar el momento en que la Tierra sería borrada del firmamento.

domingo, 3 de febrero de 2008

¿El hombre vuelve a la luna para quedarse?-Salemo.

¿El hombre vuelve a la Luna para quedarse?-Salemo.

Para el año 2020 el hombre podría vivir en la luna.En realidad,estaría en condiciones de establecer una base permanente en el satélite natural de la tierra.Científicos de distintas nacionalidades están de acuerdo en actualmente se cuenta con la tecnología necesaria para poder llevar a cabo este proyecto,sólo faltaría la aprobación de algunos gobiernos para poder financiarlo.


No supo bien por qué,pero de repente,recordó el momento en que había leído esa noticia,hacia ¿cuántos años? ¿treinta,o más?.Hoy era el 16 de Septiembre de 2038 y estaba en la Luna.Era su cumpleaños y estaba llorando.Si recordaba que era muy joven y cuantas esperanzadoras especulaciones se habian puesto en marcha en su cabeza con sólo leer aquel comentario en un periódico.


¡Que hermoso sería poder participar de un proyecto de ese tipo!Pero participar en serio,dejar de especular con el futuro,de querer generarlo desde unos pretenciosos y ,ahora caía en cuenta,mediocres intentos de poner sus ideas en escritos sobre hipotéticos acontecimientos por venir.


Por suerte,y por primera vez en su vida,tomaría una desición que marcaría su propio futuro.Dejaría de ser solo un espectador pasivo y haría lo posible por formar parte de aquello que se estaba gestando.


Trabajó mucho.Estudió mucho.Se preparó aún mucho más.Se contactó con las personas adecuadas.Y por fín,empezó a formar parte del proyecto del programa que volvería a llevar al hombre a la Luna,esta vez para quedarse a vivir en Ella.


Treinta años.Cuantas cosas pueden pasar en treinta años.Quizás para la historia de la humanidad,era un período de tiempo irrisorio,casi inexistente,una nada.Pero él no era la humanidad,era solo un hombre,y ese período de tiempo,significaban que ya no era joven,que sus hermosos sueños de futuro,eran ahora el presente y no eran tan hermosos.


Si.El hombre había,por fin,podido establecerse en la Luna,y el aportó lo suyo para que esto aconteciera.No había sido fácil.Mucho de lo que había sido planificado y ensayado mil veces en la Tierra,hasta no tener fallas,como suele suceder con muchos emprendimientos ,al llevarlos a la práctica en el terreno,habían fracasado.Pero fueron perseverantes,y,finalmente,el hombre logró conquistarla.Había señales inequívocas de que la humanidad había hecho pié en ella y ya no retrocedería hasta hacer del satélite "un nuevo hogar para los hombres y mujeres que quieran habitarla"como rezaban los anuncios oficiales de los gobiernos involucrados en el proyecto.


En los dos últimos años,una serie de acontecimentos producidos en su suelo,daban cuenta de la total adaptación del hombre al nuevo ámbito: luego de una primer avanzada de científicos y técnicos,llegó la primer oleada de colonos.Se realizaron los primeros casamientos y nacieron los primeros niños.Vinieron rapidamente las primeras infidelidades y los primeros divorcios,los primeros crímenes pasionales y los primeros huérfanos.Al poco tiempo,muchos de estos jóvenes,formaron las primeras pandillas de delincuentes.Llegaron,luego,las grandes industrias ,generando bienes de consumo masivo y una masiva contaminación.Se necesitó crear una moneda,para adquirir los nuevos bienesy así,surgieron las primeras diferencias sociales.La población se fué incrementando en forma acelerada y se amplió el territorio ocupado.Hubo que fabricar vehículos,pues las distancias eran ya muy grandes.Surgieron carreteras y los primeros accidentes de tránsito.Se decidió separar en dos partes,una al Norte y otra al Sur,los territorios ocupados,"para una mejor administración de los recursos".De ambos lados,surgieron líderes.Decidieron crear sus propias banderas,un himno que los diferenciara,delimitar exactamente ambos territorios y poner un nombre a cada uno.A fin de evitar problemas administrativos,el habitante de cada sector,debería limitarse a realizar sus actividades del lado que le correspondiera.Se crearon los primeros ejércitos necesarios para custodiar que esto se cumpliera.Surgieron las ideologías,por supuesto ,totalmente opuestas,de cada lado.Los primeros roces y escaramuzas,empezaron de forma casi natural.Un primer gran incidente fronterizo,el cruce de amenazas y finalmente la guerra entre ambos bandos,a esta altura,declarados acérrimos enemigos,había sido declarada hoy.


16 de Septiembre de 2038.El día de su cumpleaños;parecía una broma de mal gusto.Secó sus últimas lágrimas,acarició el arma.En el último instante,recordó a los pájaros,.(treinta años sin verlos)...ya nos los vería nunca más.


Nunca más...

sábado, 2 de febrero de 2008

El niño y la máquina-Antonio Olinto-Brasil

Antonio Olinto

EL NIÑO Y LA MAQUINA

Los instrumentos parecían esperar. El niño tropezó con una llave hendida, la probó con seguridad. Como si hiciese aquello desde hacía muchos años. Halló en el gesto maneras acostumbradas, se encontró. Miró un momento hacia afuera y una gaviota se cernió, inmóvil, contra la lontananza, después se zambulló. No quería salir ahora, iba a perder tiempo en la plaza. Tiró un cable del lado izquierdo, lo conectó con otro, lo arrolló en el toma. Todo siguió igual. Debía estar equivocado. El niño sabía que, en algún punto de la maraña de cables, botones, bielas y correas, yacía la respuesta. No es que hiciese cuestión de resolver la cosa de apuro, pero le parecía bien prepararse para el momento. Vio cuando la madre llegó a la puerta –"Ven a almorzar, Roberto"– y sintió pena de dejar el cuarto. Ella continuó:

–¿Qué es lo que estás haciendo hoy?

La voz del niño era casi inaudible:

–Todavía no lo sé.

La madre estudió algún tiempo el rostro de él, tranquilo, pensó que nunca iba a entender a aquel niño, siempre metido en el cuarto, dando vueltas con tornillos y aparatos, leyendo libros con figuras de máquinas y dibujos de electricidad. Repitió:

–Ven a almorzar.

El se levantó con calma, fue a lavarse las manos, y aquel cable no era el que debía haber conectado, sino el otro, el que salía directo de la panza del aparato, después iría a ver aquello con tiempo, cuando llegó al lado de la mesa ya el padre, el hermano y la hermana comenzaban a comer. Sólo la madre esperaba por él:

–¿Quieres bife?

–Sí, quiero.

El gusto lo descansó un poco, y el ruido de platos y cubiertos, de dientes en la comida y de la televisión, la trajo totalmente de vuelta al domingo de sol, con millares de personas colmando Copacabana. El hermano hablaba:

–¿Fluminense o Botafogo?

Y la hermana:

–Fluminense gana. ¿Quieres apostar?

–Para qué. La otra vez, no me pagaste. Roberto miró a su hermana, nariz un poco arremangada, ojos negros y sonrisa siempre a la espera, la niña más alegre de la calle.

El partido había comenzado. En el rectángulo del televisor, los jugadores corrían de un lado a otro, y la pelota saltaba con vida propia. Sólo Garrincha parecía tropezar con ella. Aquello Roberto lo entendía, Garrincha corriendo en un extremo de la tela, obligando a la cámara a moverse más rápida, haciendo caer a otros al suelo, dando un súbito puntapié que nadie esperaba. Se olvidaba del aparato, en la contemplación del hombre que jugaba con simplicidad, que usaba sus instrumentos de fútbol como a él le gustaría saber usar un cepillo. El pueblo gritaba en el estadio, había sol en la tarde afuera y el tiempo, maduro, pendía del techo. Se quedó hasta el final. El partido terminó empatado, pero el recuerdo de los trazos ligeros cortando el visor lo entibiaba como una comida.

Volvió al cuarto y esperó mientras el hermano iba a ver lo que estaba haciendo, miraba las válvulas sueltas en el solario, y la hermana se agachaba para recoger una lámpara roja. Roberto corrió detrás de ella, necesitaba la lámpara.

–¿Para qué?

–Para acabar lo que estoy haciendo.

Consiguió recuperarla, entró de nuevo, se quedó fingiendo que trabajaba hasta que todos se apartaron. Los padres también se acercaron. Con las manos en el bolsillo, el viejo repitió que iba a ser ingeniero de los buenos, la madre quiso decir que ya lo era, se quedó quieta.

Muy lentamente, el niño tomó cuenta de cada pieza de la máquina. Sentado, dispuso todo delante suyo, el martillo pequeño, el alicate, los clavos, los pedazos de material plástico, el caucho, soportes, láminas, dos contrapesos cilíndricos, manivelas. Con tres discos sobre la superficie plana del objeto, intentó un vínculo simple, incompleto, que facilitase el apoyo de una chapa compacta de metal sobre los discos. De lado, le pareció mejor un engaste completo en madera que impidiese cualquier movimiento del asta engastada. Aún no sabía dónde iría a parar aquello. El placer que le venía del contacto de las barras y de las ruedas, de los aceites y de las grasas, de las lámparas y de los pesos, llevaba al niño a prolongar cada fase de la operación. Se demoraba puliendo una extremidad que debería juntarse con otra. A veces pasaba algunos minutos parado, mirando un tornillo o dando vueltas una plaquita de cinc en la mano.

Le pareció que había llegado la hora. Se apoyó en un cable y, sin saber por qué, conectó al aparato con el propio aparato. El lado izquierdo con el derecho. El toma de la pared quedó sin función, Roberto no había acabado de conectar y saltó. Fue como si hubiese sido levantado a través del techo, pasó rápido por la noche, vio las luces de Copacabana, el mar allá lejos, más obscuros los morros perdiéndose abajo. Se encontró sentado de repente, tranquilo, con hombres y mujeres alrededor, gente que no conocía. Como era su costumbre, examinó todo con paciencia. El horizonte, colorido, parecía estar cerca, las personas usaban ropa enteriza, de seda o de cuero, no sabría decir, pero bonita. Esperó.

Un hombre llegó cerca suyo, sonrió:

–Fuiste el primero.

Le pareció que era bueno, sonrió también. El otro continuó:

–Mucha gente estuvo cerca de venir. Con aparatos o con pensamientos, hubo instantes en que tuvimos la certeza de que vendrían. Pero tú fuiste el primero. Aun a último momento, no creí que conectaras la nada con la nada.

El niño no estuvo de acuerdo:

–No, señor. Conecté cable con cable, en el momento que me pareció justo.

Había más gente rodeándolo, quiso saber si podría regresar, pero claro, sólo que tendría tiempo de conocer el lugar en que estaba y contemplar aparatos, objetos, monumentos, construcciones.

–¿No notarán mi ausencia allá en casa?

Pudo ver, con nitidez, el cuarto en que siempre había trabajado y oyó que le decían que el tiempo estaba a su espera, inmutable, hasta el tornillo que había rodado en el momento de la conexión se mantenía en pie, todo esperaba.

Roberto se levantó, caminó sobre el suelo de hojas y entró en el horizonte.

Traducción de Rodolfo Alonso

Ciencia Ficción latina:"Tesis"-José Adolph-Perú-

Comienzo aquí a subir una serie de relatos escritos por autores latinoamericanos.Serán obras escritas en distintas épocas y distintas calidades,solo para tener una idea de lo que fué,es y/o será el movimiento de la literatura fantástica ,con temáticas universales,pero vistos con ojos locales.

Arbitrariamente,como suele suceder en lo que subo arranco con:

Tesis-José Adolph

El profesor Locust tomó asiento frente a Andros y le palmeó cariñosamente el hombro izquierdo.

"Muy bien", dijo. "Infórmeme ahora con exactitud y precisión de su hallazgo".

Andros tomó su libreta de apuntes y echó una mirada a lo anotado.

"En cincuentidós mil ochocientas dos horas universales ingresará el cometa en la esfera de influencia de este sistema. Según la medida cronológica del planeta en cuestión eso significaba 258 días".

Escuchábamos tensos las palabras de Andros. El era el último en terminar su trabajo de investigación. Luego del informe de Andros regresaríamos a entregar nuestras tesis a la Universidad. El doctorado estaba a la vista. Había sido una buena expedición. Mentalmente pasamos revista a cada uno de nuestros trabajos, que a menudo habían sido acompañados de escenas verdaderamente emocionantes. En el fondo Locust estaba satisfecho de nosotros, así como de los resultados de nuestras intervenciones. Andros, su favorito, además de ser el último, por lo visto iba a ser también el único que sería autorizado a tomar medidas personales de intervención. Para algo era el tipo de alumno que lleva frutas al pupitre del profesor.

El planeta en referencia", prosiguió Andros, "pertenece a la clase V. Esto significa, según la escala de Vandor, que existe una inteligencia desarrollable. Se ejerce la agricultura y el transporte, así como algunos trabajos artesanales".

Era insufrible cuando relataba, pero Locust estaba encantado.

"Cultura y religión", preguntó.

"En general primitivas, prenivel 3. Aunque existe un grupo que empieza a desarrollar características monoteístas. Existe media docena de pequeñas ciudades, la más grande de las cuales registra unos cinco mil habitantes".

"¿Qué consecuencias tendrá el paso del cometa?"

"Debido a las enormes existencias de agua, puede esperarse un desastre, particularmente en el sector, muy bajo y plano, en el que se ha establecido la cultura monoteísta. Grandes inundaciones son de esperar, así como tremendas precipitaciones debido al recalentamiento del aire y del agua".

"¿Qué medidas propondría usted?"

"A mi modo de ver, una evacuación no corresponde al caso, ya que no pueden predeterminarse con certeza los lugares absolutamente seguros. Las regiones altas también serán afectadas por las precipitaciones. Una evacuación, para el prenivel 3, sería demasiado arriesgada, y, además, encontraría resistencia".

"¿Entonces?"

"Por tal motivo, yo propondría la solución que menciona el profesor Klander en sus "Indicaciones Generales", capítulo 'Catástrofes Hidrológicas'.

"Precise usted".

"La solución b)"

Locust sonrió. Conocíamos esa sonrisa. Significaba aprobación.

"Bien", dijo. "Enviaremos los resultados de su trabajo y sus propuestas a la universidad. Déme también sus apuntes. Espero que contendrán los detalles específicos".

"Naturalmente, profesor".

"Y ustedes, damas y caballeros", dijo Locust, con un amplio gesto que nos incluía a todos, "pueden ahora dedicarse a su party".

Una palabra clave. Mesas y sillas plegadas, los ojos de buey de la nave cerrados y encendida la iluminación de las grandes ocasiones. La fiesta fue sumamente alegre –había sido un agotador período de trabajo– y la noche pasó con gran rapidez.

A la madrugada retornaron los papeles de Andros, a través del facsimilador. Estaban aprobados y ostentaban el sello del rector. Brindamos y seguimos bailando hasta el amanecer.

Al día siguiente comenzara los preparativos para el plan de Andros. Como es de rigor, esperamos un momento propicio, cuando el territorio en cuestión estuviera cubierto de nubosidad baja. Teníamos la ventaja de poder atravesar las nubes con nuestros instrumentos.

Debajo nuestro se extendían los amplios y pacíficos campos utilizados por la cultura monoteísta para apacentar su ganado. Algunos campesinos trabajaban bajo una fina llovizna. Era un cuadro como lo habíamos visto ya decenas de veces, y, a pesar de ello, siempre nos inducía una sensación de extraño respeto el ser testigo del nacimiento de una civilización. No sé qué pensarían los demás, pero para mí este mundo, como los anteriores, era algo sagrado y hermoso. En un viaje de estudios como éste, uno descubría que no hay principio ni fin en la misteriosa cadena de la vida. Las culturas nacían, se desarrollaban y fundían unas con otras para luego intentar el gran salto universo. Muchas morían antes de lograrlo. Esto suele suceder, como consta en los textos que estudiamos al comenzar el curso, cuando el desarrollo social se retrasa frente al técnico, cuando la cultura es ahogada por la civilización. Hubo casos como el de... pero dejemos eso. El mundo bajo nosotros aún no conocía esos problemas. Ya llegaría el día en que se abriría ante él la encrucijada clásica. Nadie podría entonces ayudarle: al igual que una oruga que pugna por convertirse en mariposa, estaría obligado a resolver sus problemas solo o a hundirse.

El plan de Andros estaba totalmente adaptado a este inundo. Nos dirigiríamos al cacique de esta tribu y le daríamos nuestras instrucciones. El resto era asunto de ellos.

Nos era favorable el hecho de que últimamente habían aumentado las incursiones de piratería contra las gentes de la cultura superior. Eso nos serviría de clave.

Descubrimos al viejo cuando se dirigía a su choza.

Conectamos el altoparlante y Andros comenzó a hablar con su voz fuerte y juvenil, sin dejar de ser solemne. Sus primeras palabras resonaron sobre los campos:

"Él fin de toda carne ha venido delante de mí, porque la tierra está llena de violencia... Hazte un arca de madera de Gofer..."

Nunca olvidaré la cara asustada pero reverente del viejo cacique. Cayó de rodillas, entre su intranquilo ganado, y escuchó, con la arrugada faz vuelta hacia el cielo:

"...Y de esta manera la harás: de trescientos codos de longitud, de cincuenta codos de anchura, y de treinta codos de altura."